Tres hermanas iraníes llegan en 1986 a un pueblo de la costa oeste de Irlanda y abren un café persa en el local de una vieja pastelería. Entre el aroma del cardamomo y el agua de rosas, la cocina se convierte en su manera de instalarse en…
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Tres hermanas iraníes llegan en 1986 a un pueblo de la costa oeste de Irlanda y abren un café persa en el local de una vieja pastelería. Entre el aroma del cardamomo y el agua de rosas, la cocina se convierte en su manera de instalarse en un lugar que no las esperaba: una novela sobre el exilio, la hermandad y la lenta conquista de un sitio propio, contada con recetas intercaladas y una atención sensual a los sabores.
El primer día de la primavera de 1986, un olor desconocido recorre la calle principal de Ballinacroagh, un pueblo pequeño del condado de Mayo acostumbrado a la lluvia, a la sombra de su montaña sagrada y a que nada cambie nunca demasiado. El aroma —cardamomo, canela, agua de rosas— sale de un local que llevaba cinco años cerrado, la antigua pastelería de un napolitano ya fallecido, y basta para que el hombre más poderoso del lugar, dueño de pubs y tiendas de licores, se plante en la acera convencido de que algo hay que hacer al respecto.
Dentro cocinan las hermanas Aminpour. Marjan, la mayor, carga con la responsabilidad de las tres y con una vocación antigua por las plantas y las especias, aprendida de niña en el jardín de la casa familiar de Teherán. Bahar, la del medio, tiene manos fuertes y un temperamento supersticioso, agravado por cosas que ninguna de las tres nombra en voz alta. Layla, la menor, apenas adolescente, deja tras de sí un rastro de rosas y canela y una belleza que ya empieza a producir efectos. Han salido de Irán, han pasado años difíciles en Londres y ahora apuestan sus ahorros a un negocio en un pueblo cuyo nombre todavía les cuesta pronunciar.
La novela avanza al ritmo de esa apuesta: las cinco horas que faltan para abrir, los viajes a Dublín a buscar ingredientes imposibles, las paredes pintadas de un rojo granada por accidente, las alfombras desenrolladas sobre las baldosas, los samovares alineados donde antes hubo una máquina de café. Alrededor se despliega el pueblo entero —la viuda italiana que les alquila el local y las adopta sin pedir permiso, la chismosa que vigila la calle desde su ventana, el empresario que ve en el café una amenaza a su dominio—, con la mezcla de curiosidad, apetito y recelo que provoca lo extranjero cuando huele demasiado bien.
Entre capítulo y capítulo se intercalan las recetas de los platos que las hermanas preparan, no como adorno sino como parte del relato: cada una funciona a la vez como memoria de lo que quedó atrás y como ofrenda hacia lo que viene. La comida es aquí el idioma que las hermanas hablan mejor que el inglés, y el modo en que el pasado —el jardín, la casa perdida, los motivos de la huida— vuelve sin necesidad de ser explicado.
Es una historia sobre desarraigo escrita en clave cálida, atenta a los pequeños gestos domésticos y al humor de la vida de pueblo, donde el conflicto entre la hostilidad de algunos vecinos y la seducción irresistible de una mesa bien puesta se resuelve, plato a plato, en favor de la segunda.