Una tarde de abril de 2002, Michaela Anderson se lanza en paracaídas sobre la campiña de Kent en un salto benéfico organizado por su oficina. Vence el miedo, disfruta unos segundos de belleza suspendida y entonces una ráfaga descomunal la…
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Una tarde de abril de 2002, Michaela Anderson se lanza en paracaídas sobre la campiña de Kent en un salto benéfico organizado por su oficina. Vence el miedo, disfruta unos segundos de belleza suspendida y entonces una ráfaga descomunal la envuelve y la arroja contra la hierba. Cuando se incorpora es de noche, el aeródromo está vacío y saqueado, su coche ha desaparecido y nadie responde en su casa. En un bar cercano encuentra dos pruebas imposibles: un cartel con su propio rostro bajo la leyenda «vista por última vez el 15 de abril de 2002» y un periódico fechado seis años y medio después. Caída libre, de Melanie Rose, arranca con esa caída que dura un instante y consume media década.
Michaela tiene veinticinco años, un trabajo de secretaria personal en una aseguradora y una vida que acaba de volverse adulta antes de tiempo. Hace seis meses se mudó con Calum, un hombre nueve años mayor, viudo, y con Abbey, la hija de diez años que aún la mira con recelo. Entre las carreras al colegio, los deberes y las cenas para tres, el salto en paracaídas que ha organizado la oficina se le presenta como lo que probablemente sea: la última ocasión de hacer algo que sea solo suyo. Calum se opone, teme repetir la historia que ya vivió una vez, pero acaba firmando la hoja de patrocinio.
La mañana del salto transcurre con la mezcla habitual de bromas y pánico contenido. Ingrid coquetea con el instructor, Graham disimula el miedo con bravuconadas, el joven Kevin palidece por motivos que tienen poco que ver con la altura. Matt, el monitor, tranquiliza a Michaela con una promesa profesional y un número de teléfono garabateado que le desliza en el bolsillo del mono. Ella salta la última, después de negarse dos veces. El paracaídas se abre, el mundo se despliega abajo como una manta de retazos, y durante unos segundos la experiencia es exactamente lo que le habían prometido. Después llega el viento, y con él una oscuridad que la traga entera.
El aterrizaje la devuelve a un lugar que reconoce y a la vez no. Es el mismo aeródromo, pero de noche, con los edificios vandalizados, el hangar vacío hasta de herramientas y el aparcamiento convertido en un campo desierto. Su reloj marca una hora que no cuadra. Camina hasta el pueblo cercano y consigue que el dueño de un bar la deje usar el teléfono: en su casa no contesta nadie, en la de sus padres responde una desconocida que le cuelga, la línea de su mejor amiga ya no existe. Solo cuando repara en los carteles descoloridos del pasillo —su cara, su nombre, una fecha de desaparición que es hoy mismo— y en un periódico local que anuncia octubre de 2008, empieza a comprender que el problema no es dónde ha caído, sino cuándo.
El único número que todavía funciona es el del papel arrugado que llevaba en el bolsillo. Matt acude a buscarla, pero el hombre que cruza la puerta del bar lleva el pelo más corto, algunos kilos y varios años de más, y la mira como si tuviera delante a un fantasma. Es él quien pone palabras a lo imposible: han pasado seis años y medio desde el salto, la han buscado sin descanso, su regreso será noticia y hará falta explicárselo a la policía y, sobre todo, a quienes la dieron por perdida. Michaela, que recuerda cada detalle de esa mañana con una nitidez insoportable, no tiene nada que confesar: para ella no ha existido ningún intervalo.
Melanie Rose construye la novela sobre esa asimetría entre una memoria intacta y un mundo que ha seguido adelante sin ella. Narrada en primera persona, con el pulso de un misterio que se resiste a explicarse demasiado pronto, Caída libre convierte una premisa fantástica en un relato muy físico sobre el frío, el hambre, la vergüenza de no poder demostrar quién se es y el miedo a comprobar qué queda de un amor cuando se le han restado seis años. Detrás de la pregunta de qué le ocurrió a Michaela late otra más difícil: si volver es siquiera posible, o si el lugar al que uno regresa es siempre otro distinto del que dejó.