Anil Kumar Jha ha pasado la vida trabajando sin descanso y, tras vender el sitio web que ideó casi por casualidad, se encuentra de pronto con más dinero del que nunca imaginó.
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Anil Kumar Jha ha pasado la vida trabajando sin descanso y, tras vender el sitio web que ideó casi por casualidad, se encuentra de pronto con más dinero del que nunca imaginó. Su decisión de abandonar el modesto residencial de Delhi Este donde ha vivido veinticinco años para instalarse en un chalé de Gurgaon desata mucho más que una mudanza: reordena su matrimonio, su amistad con los vecinos y la idea que él mismo tiene de quién es. Mientras su esposa Bindu contempla con recelo un mundo de saris de diseño y cocinas para presumir, y su hijo Rupak regresa de la universidad estadounidense con un acento nuevo y un secreto que no sabe cómo contar, la familia descubre que la prosperidad exige un aprendizaje tan incómodo como la carencia. Una comedia social afilada y compasiva sobre la clase, el arraigo y el precio de encajar.
Todo empieza con un anuncio que cuesta pronunciar. En el pequeño salón de un piso del residencial Mayur Palli, en Delhi Este, el señor Jha ha reunido a sus amigos de siempre —los Gupta, los Patnaik, la viuda Reema Ray— para comunicarles que, después de veinticinco años, su familia se marcha. No a Dubái ni a Singapur, lo cual habría resultado casi más sencillo de explicar, sino a Gurgaon: calles barridas, alcantarillas selladas, muros altos, casas tan separadas entre sí que el vecindario deja de existir como tal. Entre interrupciones sobre bodas, cacahuetes y sospechas de dinero negro, el señor Jha tarda toda una velada en llegar al grano, porque sabe que su noticia no se escuchará como una alegría sino como una deserción.
La fortuna llegó de la venta de un directorio telefónico en línea que él construyó durante cinco años, después de una larga sucesión de proyectos fracasados. Para los vecinos, sin embargo, es dinero caído del cielo, y esa lectura lo persigue: un Mercedes plateado que no cabe por los callejones, unos tiradores rellenos de pasta de dientes, la certeza de que un hombre que se marcha está juzgando a los que se quedan. El señor Jha, hijo de un funcionario muerto pronto y de una madre que vivió de prestado en casa ajena, no persigue el lujo por vanidad sino por una deuda antigua: quiere un espejo de cuerpo entero, quiere una caja fuerte que merezca llenarse, quiere haber llegado a algún sitio antes de que sea tarde para demostrarlo.
Frente a él, su esposa sostiene la contradicción con más lucidez y menos entusiasmo. Bindu Jha hace cajas con un calor asfixiante, quema el pollo la noche del anuncio y se pregunta en voz baja para qué sirve subir y subir, si la meta última es el palacio de Buckingham. No quiere cambiar el aceite de girasol por el de oliva ni aprender de interiorismo; teme, sobre todo, empezar de cero a una edad en la que las amistades ya no se improvisan. Su amiga Reema Ray, viuda joven a la que el barrio vigila como a una amenaza, encarna la otra cara del asunto: la libertad que se gana cuando ya no hay nada que demostrar, aunque cueste una mentira en la farmacia y unos pantalones robados del balcón.
Y está Rupak, que vuelve de un máster en el estado de Nueva York hablando inglés con acento americano, sirviendo vino a los invitados y calculando el momento imposible de confesar a sus padres una relación que no encaja en los planes de nadie. En él la novela mide la distancia real entre generaciones: no la que separa Delhi Este de Gurgaon, sino la que separa a quienes ascendieron de quienes ya nacieron arriba.
Con una ironía atenta al detalle —el lavavajillas importado que exige espectadores, los pijamas numerados para no desparejarse, la cocina diseñada para todo el mundo menos para quien cocina—, esta es una historia de costumbres contemporánea sobre la India que cambia y sobre las personas que cargan con ese cambio. Su verdadero asunto no es el dinero, sino la pertenencia: qué se gana con la intimidad de un muro, qué se pierde cuando ya nadie ve lo que pasa en el patio, y si es posible mudarse de clase sin mudarse de uno mismo.
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