Nico tiene dieciocho años cuando descubre que su memoria está llena de huecos y que, en esos huecos, alguien más actúa por él. Narrada desde el encierro voluntario de un hombre que ya conoce el final de su historia, esta novela de suspenso…
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Nico tiene dieciocho años cuando descubre que su memoria está llena de huecos y que, en esos huecos, alguien más actúa por él. Narrada desde el encierro voluntario de un hombre que ya conoce el final de su historia, esta novela de suspenso psicológico sigue el rastro de Caín: la identidad violenta que emerge cada vez que Nico se paraliza ante la injusticia. Entre la facultad, un amor no correspondido y una serie de episodios que dejan heridos y expedientes policiales, el relato avanza hacia la pregunta que su protagonista no puede responder: quién decide, y con qué derecho, lo que merece castigo.
Todo empieza con un cigarrillo que falta. Nico sale descalzo de su casa, camina dos cuadras hacia un kiosco de madrugada y encuentra a una joven rodeada por un grupo de desconocidos. Siente el pulso acelerado, el sudor frío, la parálisis; y después, nada. Cuando despierta está tendido en el asfalto, los atacantes yacen inconscientes a su alrededor y la chica —que sabe su nombre sin que él sepa el de ella— se pierde en la oscuridad antes de que lleguen las sirenas. Es la primera pieza de un álbum incompleto, la imagen con la que este narrador elige abrir la reconstrucción de su propia tragedia.
La historia se cuenta desde el después. Nico escribe recluido, lejos de la televisión, la radio y los diarios, convencido de haber cometido el peor de los pecados: haberse arrogado la potestad de decidir quién merece perdón y quién castigo. Su memoria, dice, es una sucesión de hechos aislados sin cronología precisa, y el libro adopta esa misma forma: fragmentos, testimonios ajenos, grabaciones, párrafos sueltos en hojas de cuaderno. El lector arma el rompecabezas al mismo tiempo que el protagonista, y con la misma desconfianza hacia las piezas disponibles.
Lo que va emergiendo tiene nombre. Caín es el otro que habita el cuerpo de Nico y que aparece cuando el miedo ajeno se vuelve intolerable: la noche de Año Nuevo en que dos policías terminan en el suelo, la tarde de verano en que una niña grita en la casa de enfrente mientras toda la cuadra mira sin moverse. Nico se entera de esos episodios como se entera cualquiera —por un video en una tarjeta de memoria, por el interrogatorio de un inspector, por un corte profundo en el brazo izquierdo que su madre desinfecta con alcohol— y esa distancia entre el hecho y el recuerdo es el motor narrativo del libro. Caín no solo golpea: argumenta, sermonea sobre los castigos del infierno, disfruta. Es metódico donde Nico es dubitativo, y esa eficacia resulta más inquietante que la violencia misma.
En paralelo corre una historia mucho más íntima. Natalia entra en escena en la biblioteca de la facultad con una provocación —«¿así que voy a tener que soportarte los próximos cinco años?»— y se instala en la vida de Nico como una relación imposible de nombrar: amistad de todos los días, celos callados, noches en las que él oficia de acompañante mientras ella busca a otro. La ternura ocasional de esos años vuelve al relato con una carga de culpa que el narrador nunca explica del todo, salvo por una certeza repetida: hay algo que le hizo a ella que ni diez vidas alcanzarían para perdonar.
Diagnóstico, junta médica, terapia semanal y neurolépticos ordenan la segunda mitad del recorrido sin domesticarla. La novela usa el marco clínico como una herramienta más de la investigación, no como una explicación tranquilizadora, y deja abierta la duda que más incomoda: cuánto de lo narrado ocurrió, cuánto fue imaginado y cuánto sigue faltando. Escrita con voz coloquial rioplatense, humor seco y una estructura de episodios titulados que funcionan casi como declaraciones, es una historia sobre el poder como veneno, sobre la diferencia entre querer ayudar y creerse con derecho a juzgar, y sobre un chico que solo deseaba una vida de amor y risas y terminó repartiendo dolor.