Un joven bogotano de raíces caribeñas viaja a Cartagena de Indias tras la muerte de su abuelo para indagar en la genealogía familiar, y allí un jesuita erudito le va revelando, entre leyendas de piratas y ritos de hechicería colonial,…
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Un joven bogotano de raíces caribeñas viaja a Cartagena de Indias tras la muerte de su abuelo para indagar en la genealogía familiar, y allí un jesuita erudito le va revelando, entre leyendas de piratas y ritos de hechicería colonial, cuánto de magia y mestizaje espiritual sigue vivo bajo el nombre antiguo de la ciudad: Calamarí.
La obra se abre con un prólogo de tono personal que sitúa al lector en los mercados de brujos de los Andes bolivianos y en otros rincones de América Latina —Perú, Brasil, Costa Rica, Panamá— donde saberes traídos de África y tradiciones prehispánicas conviven todavía con el cristianismo en un mismo gesto ritual. Esa observación de viaje sirve de puerta de entrada a la novela propiamente dicha, ambientada en Cartagena de Indias, la ciudad que los indígenas llamaban Calamarí antes de la fundación española de 1533.
El hilo contemporáneo sigue a un joven descendiente de una estirpe colombiana de tradición rebelde, ligada por herencia familiar al prócer decimonónico Francisco de Paula Santander. Tras la muerte de su abuelo en Madrid, el protagonista viaja por primera vez a la tierra de sus antepasados llevando una carta de presentación para un sacerdote jesuita afincado en la ciudad, antiguo amigo del abuelo y experto en los entresijos históricos y espirituales de la región. El encuentro entre ambos abre una pesquisa genealógica que pronto se revela también como una inmersión en capas más profundas y menos documentadas del pasado americano.
Esa pesquisa se entrelaza con un relato histórico de gran aliento sobre el asedio y saqueo de Cartagena por la escuadra corsaria de Francis Drake en 1586: el desembarco, la defensa de indígenas y esclavos, la caída de la ciudad, el rescate exigido al obispo y al gobernador, y el romance tan legendario como escandaloso entre el pirata inglés y una dama criolla, del que nacería una hija destinada a marcar el porvenir del linaje familiar. A través de esta doble temporalidad, la novela reconstruye cómo la violencia colonial, la esclavitud y el choque de creencias fueron moldeando una espiritualidad mestiza —hecha de ritos afrocaribeños, hechicería popular, devoción católica y memoria indígena— que, según sugiere el propio relato, sigue latiendo bajo la superficie de la Cartagena actual.
Más que una novela histórica al uso, el libro se propone como un viaje de doble dirección: hacia atrás, en busca de los orígenes de una familia y de una ciudad; y hacia dentro, en busca de las formas de magia y de fe que el llamado Nuevo Mundo nunca terminó de abandonar.