En una casa cualquiera de Omaha, un empleado de seguros de cuarenta y tantos años pregunta qué habrá para cenar, escucha la palabra «hígado» y, en ese segundo, decide matar a su mujer.
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En una casa cualquiera de Omaha, un empleado de seguros de cuarenta y tantos años pregunta qué habrá para cenar, escucha la palabra «hígado» y, en ese segundo, decide matar a su mujer. A partir de esa chispa doméstica, la novela sigue la deriva interior de Frederick Benson: un hombre gris que descubre que la fantasía del crimen es lo único capaz de devolverle apetito por su propia vida.
Todo empieza con una respuesta de tres sílabas. Fred Benson pregunta por la cena, su esposa Gloria contesta «hígado», y en ese instante exacto, sin drama ni estruendo, nace un asesino. La vergüenza dura poco; la idea, en cambio, arraiga, se ramifica y se convierte en el único combustible de un hombre que hasta entonces se movía por inercia.
La novela reconstruye con minucia casi cruel la mecánica de una vida sin sobresaltos. Un despertador que suena a las seis y media en el aire frío de Nebraska. Una avena espesa, sin sabor, con una nata que se pega a la cuchara. Unas pantuflas que chancletean escaleras abajo. Una grieta en el cielo raso que, mirada con la paciencia justa, dibuja el perfil de una mujer imaginaria a la que Fred completa cada mañana con trazos secretos. En ese inventario de gestos repetidos, el matrimonio aparece menos como un conflicto que como un clima: Gloria no discute, contesta; no odia, cumple. Y Fred ha aprendido que su única venganza posible es seguir hablando de temas triviales sabiendo que nadie le responderá.
Del otro lado está la oficina de la Compañía de Seguros Great Plains, con su cartel de eslogan involuntariamente irónico y su estacionamiento convertido en espectáculo. Allí Fred dicta memorandos sobre formularios incompletos mientras mira las rodillas de su secretaria, Nancy Howell, veinticuatro años y una reputación que la precede. El relato se desdobla entonces: mientras él tantea una invitación a desayunar como quien pide asilo, ella escribe en taquigrafía y piensa en margaritas, en jefes que se desahogan y en la promesa siempre postergada de que algún día aparezca alguien. Dos soledades que trabajan en la misma habitación y no llegan a tocarse.
La fantasía funeraria vuelve una y otra vez, cada vez más nítida y más absurda: primero un ataúd con dos velas, después un velatorio celebrado en la cancha de básquetbol de la escuela secundaria, con tribunas llenas, banderines, porristas y un muchacho que entrega a Fred un trozo de hígado asado como si fuera un trofeo. El humor negro no suaviza el retrato; lo afila. Cuanto más ridícula se vuelve la ensoñación, más claro queda que el problema no es Gloria, sino el vacío que Fred descubre al hacer el balance de su día y comprobar que nada en él mejoró por la presencia de ella.
Alrededor de esa obsesión, el libro compone el retrato de un hombre corriente en un país corriente: tres ascensos perdidos, un baño sin llave, una puerta sin placa, un piso de vinílico. Fred esperaba vida, libertad y una porción razonable de felicidad; recibió comodidad, poca libertad y ninguna felicidad. La escritura, atenta al detalle y de ironía seca, convierte la avena, la mermelada de frutilla y una mancha de grasa en una fuente en los verdaderos campos de batalla de un matrimonio.
El fragmento inicial deja al lector en un reservado de parrilla, con una cena de trabajo que quizá no sea solo una cena de trabajo, una pregunta incómoda de Nancy sobre lo que los hombres creen que se les debe, y un asesinato que, por ahora, solo existe en la cabeza de su autor. La tensión no está en si Fred podrá hacerlo, sino en cuánto tiempo puede alguien sobrevivir alimentándose únicamente de una idea.
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