Un joven gallego llega a Madrid en un tren nocturno para estudiar Derecho, y lo que sigue es un curso entero de vida corriente: una pensión modesta, las tabernas de una calle de mala fama, la familia de una muchacha tímida al otro lado del…
Descargar
Un joven gallego llega a Madrid en un tren nocturno para estudiar Derecho, y lo que sigue es un curso entero de vida corriente: una pensión modesta, las tabernas de una calle de mala fama, la familia de una muchacha tímida al otro lado del balcón. Marcial Suárez escribió en 1950 una novela donde casi nada sucede, y precisamente en ese casi nada se escucha el vacío de una generación salida de la guerra sin nombrarla nunca.
Santiago Valverde tiene dieciocho años, una tía que paga sus estudios y la convicción, algo prestada de los libros que ha leído, de ser un hombre independiente. Viaja de Galicia a Madrid en un departamento de primera donde su sola llegada provoca un silencio hostil, y donde asiste, entre el sopor y la lluvia contra los cristales, a la disputa entre un fabricante de embutidos y un maestro diminuto que invoca a Sócrates y a Julio César para defender un paseo de pueblo. De madrugada, en el pasillo, conoce a la hija del maestro. Ese encuentro casual ordenará, sin que ninguno lo advierta, el curso que empieza.
Lo que viene después es la crónica de un año académico en el Madrid de los años cuarenta: la pensión, las clases a las que se asiste sin convicción, las copas nocturnas por la calle de Echegaray, el trato lento y titubeante con Tina y su familia, el regreso al pueblo cuando llega el verano. No hay misterio ni aventura. Hay pequeñas peripecias cotidianas que el propio autor comparó con el trabajo del escultor: quitarle a la vida lo que sobra para que quede la forma.
La novela levanta su sentido sobre dos espacios enfrentados. La pensión y la calle —territorio de una sociabilidad de paso, donde el fabricante, el empleado de banca, el estudiante y el escritor bohemio de sábado se cruzan el tiempo de un chato de manzanilla— ofrecen una solidaridad de apariencia que oculta el aislamiento real de cada cual. Frente a ella, y frente a ella literalmente, la casa de don Fermín: un piso familiar desde cuyo balcón se contempla la calle sin pisarla, refugio tan cerrado que impide a sus habitantes entenderse entre sí. Ni la libertad indiferente de uno ni la dependencia protectora del otro conducen a nada verdadero. Queda el regreso al pueblo, donde solo aguarda la sociedad artificial del casino provinciano.
De la guerra civil, por la que necesariamente pasaron todos estos personajes, no se dice una palabra. Ese silencio es el que da a la novela su espesor: como en Nada, La colmena o La noria, el lector de la época sabía leer lo que no estaba escrito. Suárez comparte con ellas el aire existencial que circulaba entonces por Europa —Sartre, Camus, la conciencia de un mundo agotado— y lo traduce a un registro modesto, irónico, atento al gesto pequeño y a la frase que se calla. Su protagonista, destinado por origen y estudios a formar parte de las clases dirigentes del país, no sabe comprometerse: cuando debe decidir algo, decide huir dos veces.
Segunda novela de un autor nacido en Allariz en 1918, habitual del café Gijón y después dramaturgo premiado, guionista y cronista deportivo de radio, Calle de Echegaray abandona el mundo rural gallego de su debut para instalarse en la ciudad. Se lee hoy como lo que su autor quiso que fuese: no una historia, sino el testimonio de una conciencia del vivir.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.