En el año 2118, cuando el colapso climático ha reducido el mundo habitable a una franja del norte de Suramérica, un hombre que apenas se atreve a llamarse Mark Miles atraviesa de noche el desierto de La Tatacoa.
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En el año 2118, cuando el colapso climático ha reducido el mundo habitable a una franja del norte de Suramérica, un hombre que apenas se atreve a llamarse Mark Miles atraviesa de noche el desierto de La Tatacoa. Camina siempre hacia el norte, hacia las ruinas de Bogotá, buscando el origen de una catástrofe íntima y colectiva: la mañana en que la humanidad entera despertó sin recuerdos. Andrés F. Ramírez G. construye con Caminante sin recuerdos una novela de supervivencia y misterio donde la identidad perdida pesa más que el hambre.
Un siglo de deterioro ambiental ha vuelto inhabitable casi todo el planeta. Para 2118 solo resiste una porción de tierra al norte de Suramérica, protegida por dos océanos y por lo que queda de la selva amazónica, mientras el resto del mundo se ha convertido en desierto. La vida no desapareció: se torció. Las espinas de los cactus brillan al caer la noche, los reptiles alcanzan el tamaño de un perro, los roedores emiten sonidos que recuerdan a un ladrido y los pavos reales cazan en jauría, coordinados y letales.
En ese paisaje avanza el narrador, un hombre que carga un nombre prestado por un carné y dos cuchillos que valen más que su pistola, porque un disparo delataría su posición ante lo único que teme de verdad: otro ser humano. Duerme escondido de día, camina de noche y se alimenta de lo que el desierto concede. Su rumbo es fijo —el norte, las ruinas de Santafé de Bogotá— y su motivo, doble: sobrevivir y entender. Un enfrentamiento con una jauría de pavos, resuelto con un salto desesperado desde un árbol, altera algo más que su suerte inmediata y le revela que en este mundo la muerte de una criatura puede transferirse como energía.
La novela alterna esa travesía con el relato del día en que todo empezó. A las 9:17 de la mañana del 27 de septiembre de 2113, la memoria de la población mundial se borró de golpe, como un dispositivo reseteado que conserva las aplicaciones pero pierde el contenido: nadie recordaba quién era, aunque todos seguían sabiendo leer, conducir o disparar. El protagonista despierta en una oficina, frente a un correo a medio escribir dirigido a una mujer llamada Liliana, rodeado de un centenar de desconocidos que se miran con el mismo pánico. En cuestión de minutos la confusión se organiza en sospecha, la sospecha en acusación y la acusación en linchamiento.
De ese piso noveno salen cuatro personas que solo se tienen entre sí: el narrador, el pragmático y áspero Osvaldo, la joven Johana y Lisa, la más serena, que insiste en que el miedo puede empujar a buscar soluciones. Afuera los espera una ciudad sin memoria: vehículos detenidos, aviones cayendo, niños preguntando a extraños si son su padre, ancianas convertidas en verdugos. Y en medio de la huida, unas jaquecas crecientes que devuelven imágenes inexplicables —sangre, un hacha, un arma en la propia mano— y que parecen sacar lo peor de quien las sufre.
Ramírez G. sostiene la tensión con una prosa directa, en primera persona y tiempo presente, que privilegia la acción concreta sobre la explicación. El resultado es una distopía de acento colombiano, con geografía reconocible y fauna reinventada, que usa la aventura postapocalíptica para plantear una pregunta incómoda: cuánto de lo que somos sobrevive cuando se borra todo lo que recordamos, y qué tan delgada es la capa de civilización que separa al empleado de oficina del animal territorial.