J. I. Packer ofrece en esta obra un recorrido maduro y pastoral por la vida en el Espíritu Santo. Lejos de convertir al Espíritu en el centro del escenario, el autor sostiene que su ministerio bajo el nuevo pacto apunta siempre a Cristo, y…
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J. I. Packer ofrece en esta obra un recorrido maduro y pastoral por la vida en el Espíritu Santo. Lejos de convertir al Espíritu en el centro del escenario, el autor sostiene que su ministerio bajo el nuevo pacto apunta siempre a Cristo, y desde ahí reformula el llamado bíblico a la santidad. El libro combina exposición doctrinal accesible con un examen sereno de las principales corrientes de espiritualidad evangélica, sin idealizarlas ni descalificarlas, y con una advertencia constante contra los atajos que ignoran la persistencia del pecado en el creyente.
Publicado originalmente en 1984 y reeditado dos décadas después en versión revisada y ampliada, este ensayo nació de una convicción que su autor mantuvo intacta con los años: el modo en que una iglesia entiende al Espíritu Santo determina la forma en que sus miembros viven, oran, luchan con el pecado y esperan la transformación. Packer escribe desde una posición que él mismo describe con humor como poco frecuente entre sus colegas, la de alguien que no acepta separar el rigor teológico del cultivo de la piedad, y que considera que toda doctrina bien formulada debe terminar tocando la conciencia del lector.
El argumento avanza como una comida servida en varios platos, imagen que el propio autor propone. Primero establece la clave que ordena todo lo demás: el ministerio del Espíritu en el nuevo pacto media la presencia personal de Jesucristo, de manera que buscar la vida del Espíritu y buscar a Cristo son la misma búsqueda con nombres distintos. Sobre esa base repasa la enseñanza bíblica acerca del Espíritu, y luego dedica el cuerpo central del libro a tres encuentros sucesivos: con el perfeccionismo de tradición wesleyana, con la enseñanza clásica de Keswick sobre la vida cristiana victoriosa y con la espiritualidad carismática contemporánea. Frente a cada una expone lo que juzga una comprensión más antigua y más fielmente bíblica de la santificación, entendida como conflicto real y prolongado con el pecado y la tentación antes que como experiencia decisiva que resuelve la lucha de una vez.
El trato con el movimiento carismático merece mención aparte por su tono. El autor recuerda que rechazó en su momento el encargo de escribir una refutación, porque le parecía que la experiencia de aquellos creyentes era mejor que su teología y porque temía apagar una obra genuina del Espíritu. Lo que ofrece en cambio es una valoración imparcial que reconoce lo recibido y a la vez señala que esa visión no agota lo que las Escrituras describen como avivamiento. La última sección se ocupa precisamente de la revitalización del cuerpo de Cristo y de esas visitaciones intensificadas del Espíritu que la teología reciente, a su juicio, ha dejado casi sin tratar.
La edición ampliada incorpora un capítulo sobre la seguridad del creyente, construido como exposición de los primeros once versículos de Romanos 5, donde el autor examina las certezas que el Espíritu imparte a los fieles y los medios por los que lo hace. El título recoge el matiz del verbo que Pablo emplea en Gálatas 5:25: no el simple andar, sino el avanzar en línea, atenerse a una regla, proceder bajo la dirección de otro.
El volumen se integra en una colección concebida para leer a la vez la Palabra y la realidad cultural, y va precedido por una presentación editorial sobre la doble escucha y la relevancia de la comunicación cristiana. No pretende ser un tratado técnico ni dialogar con la pneumatología académica; las notas se reducen al mínimo y las referencias bíblicas están puestas para ser consultadas. Su destinatario es el lector dispuesto a ser interpelado, no el curioso, y el propio autor advierte que estudiar la obra del Espíritu sin disposición a ser cambiado por ella es la manera más segura de apagarla.