Anabella Vega fue la «chica dorada» de su liceo: audaz, querida por todos y capaz de convertir una broma pesada del primer día en la escena que haría resonar su nombre por cada pasillo.
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Anabella Vega fue la «chica dorada» de su liceo: audaz, querida por todos y capaz de convertir una broma pesada del primer día en la escena que haría resonar su nombre por cada pasillo. Casi una década después, sentada frente a una cena servida para dos que nadie viene a compartir, la memoria la devuelve a los quince años, a un partido de básquet, a una apuesta imprudente y al chico de ojos color avellana que le enseñó, casi al mismo tiempo, lo que era el deseo y lo que era la decepción. Primera entrega de la serie Camino de espinas, de Marian Sanoja.
Hay historias que empiezan por el final, y esta empieza en un comedor demasiado ordenado. Es agosto de 2010 y Anabella Vega lleva tres horas esperando a su esposo frente a un mantel de seda, unas velas gastadas y unos platos tapados para que no se enfríen. La botella de champaña sigue cerrada. Mientras recoge las copas y repasa con los dedos las iniciales bordadas en las servilletas, entiende que el matrimonio que soñó se ha reducido a una sola persona: ella. Y en ese silencio, su propio nombre —que alguna vez encendía canchas y auditorios enteros— la empuja hacia atrás, hasta el lugar donde todo comenzó.
En el liceo, Anabella no era una chica invisible. Presidenta del comité de bienvenida, madrina deportiva sin haberse postulado nunca, amiga de populares y de tímidos por igual, se había ganado a pulso el apodo de «la chica dorada». Su primer día bastó para fijar su carácter: descubrió la trampa que un trío de bromistas preparaba para los nuevos, trepó por las vigas del auditorio, se alió con una desconocida que se volvería su mejor amiga y devolvió la broma con una precisión impecable. El castigo llegó, claro, pero también la certeza de que jamás iba a agachar la cabeza. A su lado, Winnie —tan temeraria como ella, y bastante menos prudente— completó un dúo que ningún profesor supo cómo manejar.
Dos años después, en la final de los juegos intercolegiales, esa costumbre de no callarse le cobra el precio. Un desafío lanzado en mitad de la cancha la enfrenta a Alexander Soto, capitán rival, arrogante y peligrosamente seguro de sí mismo, en una apuesta que compromete todo un año de su vida. Del otro lado está Jhon, capitán del equipo propio, antiguo enemigo convertido en algo mucho más confuso: manos en su cintura, un balón besado y señalado hacia las gradas, una sonrisa con hoyuelos que la desarma. Anabella gana la apuesta y pierde otra cosa. Porque cuando suena el silbato final y busca esos ojos entre la multitud, los encuentra ocupados por alguien más. Así conoce, sin haberla pedido, la primera decepción de su vida.
Marian Sanoja construye una novela romántica de tono juvenil y voz en primera persona, escrita con el habla cotidiana venezolana y un pulso narrativo que alterna la adrenalina de la adolescencia con la desolación serena de la vida adulta. La estructura de dos tiempos es su mayor acierto: cada recuerdo luminoso del liceo se lee, inevitablemente, a la luz de esa mesa vacía del presente, y el lector avanza sospechando cómo se llega de una escena a la otra. Amistad, rivalidad, orgullo, primeros deseos y promesas que envejecen mal se entrelazan en un relato sobre lo que cuesta sostener aquello que juramos a los quince años. Camino a tu corazón abre la serie Camino de espinas y deja planteada la pregunta que la sostiene: ¿qué queda del amor cuando el camino que lleva hasta él está sembrado de espinas?
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