En un Miami partido entre la Hialeah obrera y las mansiones de Fisher Island, una joven floristera cree haber encontrado el amor en un heredero que solo finge amarla.
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En un Miami partido entre la Hialeah obrera y las mansiones de Fisher Island, una joven floristera cree haber encontrado el amor en un heredero que solo finge amarla. Lo que ella ignora —y el lector no— es que cada promesa es una mentira calculada, y que el hermano mayor de ese hombre, un político con futuro presidencial, acaba de cruzarse en su camino.
Julia Alcántara tiene veintidós años, vende flores en un local modesto de Hialeah y estudia de noche para ser maestra. Huérfana desde niña, vive con su abuelo Luis, un exiliado cubano que pasó cinco años preso por oponerse al régimen y que, desde entonces, ha consagrado su vida a criarla. Entre esas dos habitaciones humildes y el mostrador de la floristería cabe todo lo que Julia posee: un trabajo que sostiene la renta, una carrera a medio terminar y la certeza recién estrenada de estar enamorada.
El hombre al que ama es Jorge Ignacio Armenteros. Le ha dicho que es odontólogo, que tiene una clínica en Miami Beach, que ya habló de ella con sus padres y que se casarán. Nada de eso es cierto. Jorge Ignacio está casado con Viviana, una top model que pasa temporadas enteras desfilando por Europa; no ejerce profesión alguna; vive del dinero de su madre y arrastra un historial de excesos que incluye tres meses de internamiento por adicción. Para él, Julia es una conquista pendiente: una muchacha «chapada a la antigua» cuya resistencia solo aumenta el apetito. La novela no oculta esa doble cara al lector, y de ahí extrae su tensión: sabemos exactamente qué se está construyendo sobre la ilusión de Julia, y cuánto va a costar cuando se derrumbe.
Al otro lado de la bahía, en una mansión de Fisher Island con vistas ilimitadas al agua, la familia Armenteros funciona como una pequeña corte. La gobierna doña Ramona Vásquez de Armenteros, heredera de una cadena bancaria y estratega absoluta de los destinos ajenos: eligió marido y lo convirtió en gerente general, eligió esposa para su hijo menor, y ya tiene candidata para el mayor. Gerardo, su esposo, obedece desde hace treinta años y calla lo que piensa. Y Daniel, el primogénito, es el proyecto perfecto de su madre: brillante, carismático, formado en Yale y Harvard, aspirante a la presidencia del país en las próximas elecciones.
El azar hace el resto. Un encargo de sesenta ramos para el cumpleaños de doña Ramona lleva a Julia hasta la puerta de la casa que no debía pisar. Allí conoce a Daniel —que ignora quién es ella— mientras Jorge Ignacio la espía desde lo alto de la escalera, aterrado de que un solo encuentro derrumbe un año de mentiras. De esa escena salen dos hermanos enfrentados: uno decidido a no permitir que se destroce la vida de una desconocida que le cayó bien, y el otro convencido de que nadie tiene derecho a interferir en sus apetitos. Alrededor se tensan otros hilos: una esposa que aparenta indiferencia mientras ama en secreto a su cuñado, una madre que considera insignificante a «una vendedora de flores», y un padre que ve venir lo inevitable sin fuerzas para detenerlo.
«Camino de espinas» avanza con las armas del melodrama clásico: contrastes sociales marcados, diálogos frontales, tormentas que anuncian desgracias y una moral que reparte con claridad la dignidad y la codicia. Alberto Gómez construye un Miami de dos velocidades —el barrio cubano trabajador y la isla privada de los privilegiados— y lanza a través de esa frontera a una muchacha que solo pidió ser querida. El resultado es una historia de engaño, clase y ambición donde la pregunta no es si la verdad saldrá a la luz, sino qué quedará de Julia cuando lo haga.
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