En un reino nórdico donde practicar magia se castiga con lapidación pública, una joven que ve lo que nadie más ve descubre que su padre le ha ocultado quién es realmente, y que una reina lleva años buscándola.
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En un reino nórdico donde practicar magia se castiga con lapidación pública, una joven que ve lo que nadie más ve descubre que su padre le ha ocultado quién es realmente, y que una reina lleva años buscándola.
Íseldur vive bajo la ley del rey Ivar Corazón de Hierro y de su dios Oso, Ursir: un culto de colmillo y garra que ha desplazado a los dioses antiguos y que exige, a cada tañido de las campanas, que el pueblo entero acuda a la plaza para dar muerte a los acusados de usar magia. La obra abre en Skarstad, una aldea pequeña y ordenada de las tierras de Sudur, con una escena de lapidación ritual: máscaras de hierro que ahogan las voces, sangre recogida en un cuenco dorado, runas trazadas en la frente de las condenadas para negarles la entrada al Bosque Sagrado en la otra vida. Cada vecino recibe una piedra de obsidiana al entrar; nadie puede marcharse sin haberla lanzado.
Entre la fila de sirvientas del jarl Gunnell está Silla Nordvig, veinte inviernos, panadera de la casa comunal y lectora de pequeños presagios: el cielo rojo, el halcón negro, la mala suerte que llega de tres en tres. Silla carga con dos secretos. El primero es que ve a una niña rubia de ojos azules que nadie más percibe y a la que, en un descuido peligroso, responde en voz alta delante del ama de llaves. El segundo es su propia vida: junto a su padre nunca ha pasado más de tres meses en un mismo lugar ni ha conservado el mismo nombre —Thordis, Ingunn, Gudrunn, ahora Katrin—, mientras él se mimetiza con cada pueblo como un zorro ártico y no se desprende jamás de su hevrít.
La jornada de la lapidación termina peor de lo que empezó. Un eclipse oscurece la plaza y un viejo mozo de cuadra, Tolvik, grita que los dioses antiguos no toleran la matanza; el castigo que recibe ante la multitud sella el mensaje del reino sobre quién puede hablar y de qué. Esa misma tarde, el padre de Silla anuncia que deben partir al amanecer, y no hacia el vecino Reykfjord sino hacia Kopa, en el norte lejano: un halcón le ha traído la invitación largamente esperada y la noticia de que allí existen casas de acogida, un refugio donde por fin detenerse. Silla regatea, bromea, tantea —¿quién envía esos mensajes, y a quién responde su padre?—, pero acepta ponerse en camino.
No llegan a salir. En la ruta de Vindur, seis hombres armados al estilo urkano los rodean entre los pinos. No quieren monedas: llaman a su padre por un nombre que Silla nunca ha oído, Tómas, le dicen que no comparten sangre y reconocen a la muchacha por una pequeña cicatriz en forma de medialuna junto al ojo izquierdo. Alguien la ha estado buscando durante años: la reina Signe. En la pelea que sigue, Silla ve a su padre convertirse en un guerrero que no reconoce, y despierta después en una zanja, bajo un cadáver, en un camino sembrado de muertos y cuervos.
La novela combina fantasía de raíz nórdica con thriller de persecución: un reino que ha convertido la fe en instrumento de terror, una magia proscrita cuyos rastros la protagonista lleva encima sin saberlo del todo, y una identidad falsificada que se desmorona en una sola tarde. Su fuerza está en el contraste entre la voz cálida y despierta de Silla —los nueve tipos de pan, los caballos, los pensamientos amables que le enseñó su madre— y la brutalidad meticulosa del mundo que la rodea. Cuando termina el primer tramo, la pregunta ya no es adónde huir, sino qué es exactamente lo que huye con ella.
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