En la aldea asturiana de Ereba, un tramo de camino cargado de leyendas vuelve a cobrarse víctimas: primero varios cadáveres, después un niño que se esfuma durante una excursión escolar.
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En la aldea asturiana de Ereba, un tramo de camino cargado de leyendas vuelve a cobrarse víctimas: primero varios cadáveres, después un niño que se esfuma durante una excursión escolar. Diego Domínguez, detective privado y expolicía al que paraliza su propio miedo, acepta el encargo que puede devolverle la placa. Lo que encuentra es un pueblo que prefiere el silencio y una verdad que nadie quiere nombrar.
Todo se cuenta desde una sala de juicios. Diego Domínguez, sentado ante un micrófono y bajo la mirada del acusado, es el único testigo dispuesto a declarar sobre lo que ocurrió meses atrás en una aldea perdida del Valle de San Jorge. Su relato, interrumpido de tanto en tanto por las preguntas incisivas del letrado, reconstruye una investigación que empezó como un trámite y terminó convertida en algo que ni él sabe cómo nombrar.
Domínguez no es el héroe que el caso reclama. Dejó el Cuerpo Nacional de Policía después de quedarse petrificado durante un atraco que acabó en tragedia, y arrastra desde entonces un diagnóstico tan preciso como incómodo: fobofobia, miedo al miedo. Vive de casos menores —infidelidades, fraudes a seguros—, elegidos con el cuidado de quien evita cualquier enfrentamiento. Por eso, cuando su antiguo superior aparece en su despacho con una carpeta marrón y la promesa de la readmisión a cambio de resolver un solo caso, acepta antes de saber a qué se enfrenta.
El caso es la desaparición de un niño en Ereba, un pueblo de calles empinadas, lluvia constante y vecinos poco dados a la confidencia. La clienta es la propia madre, directora de la escuela local, que recibe al detective sin lágrimas ni urgencia y lo emplaza a una fiesta del pueblo para hablar con calma. El único punto en común de todos los relatos es el Camino Real: el lugar donde el niño se separó del grupo, donde han aparecido cuerpos sin vida y donde, según todo el mundo repite sin querer explicarlo, se pasea desde hace años la figura de una mujer.
La investigación avanza a base de detalles pequeños —una fotografía sobre un escritorio, una alianza ausente, un arpa grabada en una solapa— mientras el pueblo entierra a sus muertos y la Guardia Civil acordona el camino. En ese terreno, Domínguez encontrará aliadas improbables: una camarera con más información de la que aparenta y una mujer que trabaja limpiando casas ajenas y bebe para sostener lo que sabe. Con ellas irá separando la leyenda de lo que la leyenda sirve para tapar.
El libro combina el misterio rural con un humor seco y costumbrista: el jefe de policía que viste chándal de la selección argentina como uniforme de gala, las pensiones de habitaciones húmedas, las abuelas que confunden a cualquier forastero con un predicador. Ese contraste sostiene el tono de la novela, que juega deliberadamente con la frontera entre lo criminal y lo inexplicable sin decidirse por ninguna de las dos orillas hasta el final. Y en el centro, un narrador consciente de sus propias grietas, que sabe deducir mucho mejor de lo que sabe actuar, y que tendrá que decidir hasta dónde está dispuesto a llegar cuando el miedo deje de ser una historia de viejos y se plante delante de él.