Tras un matrimonio breve y un divorcio que la dejó convencida de ser incapaz de deseo, Vicky viaja de París a su casa haciendo autostop para llegar a tiempo junto a su gato moribundo.
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Tras un matrimonio breve y un divorcio que la dejó convencida de ser incapaz de deseo, Vicky viaja de París a su casa haciendo autostop para llegar a tiempo junto a su gato moribundo. En un arcén de la carretera de Troyes la recoge un tráiler conducido por dos camioneros jóvenes, enormes y deslumbrantes, que la desarman con una revelación inmediata: no la desean, no desean a ninguna mujer. De ese desencuentro nace una convivencia de dos años en la cabina de un camión, contada por Françoise Rey con una franqueza erótica sin coartadas y un humor que no perdona a nadie, empezando por la propia narradora.
Vicky se casó rápido y mal, a los dieciocho, después de que un amor adolescente con su compañera de colegio fuera desmontado por sus padres en un cuarto de hora. Del matrimonio con Simón salió con una certeza humillante y aparentemente definitiva: la del propio cuerpo apagado, incombustible, incapaz de responder. Las experiencias que vinieron después no hicieron sino confirmarlo, y de ellas la narradora extrae una taxonomía irónica del varón —el quejoso, el prometedor, el acomplejado, el exigente— que funciona como una de las páginas más divertidas y más amargas del libro. Resignada, se acomoda a una vida de mujer joven envejecida de antemano: un trabajo de secretaria bilingüe, una casa ordenada, un gato castrado llamado Platón.
Un accidente doméstico y una huelga de trenes rompen ese equilibrio. Con el gato agonizando a quinientos kilómetros y sin manera de volver, Vicky termina haciendo autostop en las afueras de Troyes, al anochecer, mientras se le viene encima una tormenta. El camión que se detiene es descomunal, y lo que baja de él lo es todavía más: dos hombres altísimos, musculosos, casi irreales de puro espléndidos. El terror de la protagonista —alimentado por todos los relatos que una mujer sola ha oído sobre carreteras nocturnas— se disuelve en algo que no había previsto y para lo que no tiene categoría: una escena de baile bajo los faros, una exhibición dirigida el uno al otro, y la constatación de que ella no está en la ecuación. La tranquilizan sin delicadeza: no corre peligro, porque no les gustan las mujeres.
A partir de ahí, el viaje que iba a durar unas horas se prolonga durante dos años. La cabina se convierte en una casa rodante y en un territorio de aprendizaje: música a todo volumen, cerveza y horizontes lejanos, cansancio compartido, una intimidad física constante que nunca se traduce en posesión. Rey construye la novela sobre esa asimetría exacta y la enuncia sin adornos: la historia de una mujer que se creía incapaz de excitarse por nadie y que acaba deseando intensamente a dos hombres a quienes ella no excita. El deseo, aquí, se mantiene vivo precisamente porque no se satisface; lo que se le ofrece y lo que se le niega forman una misma cosa.
El libro se lee también como una interrogación sobre los límites que impone cualquier orientación cuando se convierte en frontera cerrada —la pregunta, formulada ya en el prólogo de Jean-Jacques Pauvert, de si criaturas tan magníficas pueden ser sectarias hasta el punto de practicar algo parecido a un racismo sexual—. Publicada originalmente en 1989 y desaparecida ese mismo año por la quiebra de su editorial, esta novela, que su autora señalaba como su preferida, alterna el registro cómico con el lirismo y una escritura del cuerpo que dio a Françoise Rey un lugar propio en la literatura amorosa contemporánea. Obra para lectores adultos.
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