Memorias de un cuarto de siglo en el Valle de Yosemite, cuando un puñado de escaladores inconformistas convirtió las paredes de granito del Campo 4 en el laboratorio donde se inventó la escalada moderna en roca.
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Memorias de un cuarto de siglo en el Valle de Yosemite, cuando un puñado de escaladores inconformistas convirtió las paredes de granito del Campo 4 en el laboratorio donde se inventó la escalada moderna en roca.
Entre 1947 y 1971, un rincón boscoso del Valle de Yosemite llamado Campo 4 fue el domicilio improvisado de una generación que reescribió lo que se creía posible sobre la roca. Este libro reconstruye esa edad dorada desde dentro: lo firma alguien que vivió allí durante los años sesenta, que aprendió a rapelar y a empotrar de la mano de sus protagonistas, y que guardó durante décadas las cartas, los diarios y las conversaciones de fogata que ahora sostienen el relato.
El punto de partida es geológico antes que humano. El granito del Valle —monolítico, pulido por un millón de años de glaciaciones, casi desprovisto de agarres— obligó a inventarlo todo de nuevo. Las líneas seguían sistemas de fisuras verticales que a menudo morían en mitad de ninguna parte; el calor exigía izar cargas enormes de agua por paredes casi lisas; la técnica de empotrar resultaba brutal para quien escalaba en cabeza. De esa necesidad nacieron los clavos de acero duro forjados a mano, los angulares anchos, el rurp del tamaño de un sello, las técnicas de izado y, ya al final del período, los empotradores llegados de Inglaterra.
La narración recorre los hitos que marcaron el listón —la chimenea de Lost Arrow, la cara norte del Sentinel, la noroeste del Half Dome, la Nose de El Capitán— y el renacimiento de la escalada libre que vació de artificial vías antes consideradas inexpugnables. Pero su verdadero centro de gravedad son las personas: los visionarios que pensaron largamente sobre la escalada antes de actuar, y la disputa ética que los enfrentó entre quienes defendían contener el uso de cuerdas fijas y buriles y quienes rechazaban toda regla. El autor no disimula de qué lado estaba, aunque reconoce que ambas posturas resultaron necesarias: una demostró que las grandes paredes eran posibles; la otra, con qué estilo debían hacerse.
Hay también un retrato generacional. Los habitantes del Campo 4 eran jóvenes de veintipocos años, con frecuencia sin dinero, socialmente al margen, intelectuales y pseudointelectuales por igual, movidos tanto por el placer físico y mental de moverse sobre la roca como por un rechazo al conformismo de su época. El libro sitúa esa rebeldía en su contexto —los años de posguerra, Dallas, Vietnam— sin convertirla en tesis, y la alterna con anécdotas ajenas a la escalada que revelan carácter.
El autor advierte desde el prefacio los límites de su empresa: escribir de memoria es avanzar desencordado por una arista estrecha, entre la tentación de adornar y la obligación de ceñirse a lo demostrable. No pretende inventariar las más de quinientas vías del período, sino elegir las que importaron por audacia o innovación. El relato se cierra en 1971, cuando la polémica de la Dawn Wall, la masificación del camping y la retirada de los protagonistas señalaron que la era había terminado.
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