Mayo de 1939: un soldado derrotado vuelve a su pueblo natal con el petate al hombro y, unos pasos por detrás, el fantasma quejumbroso del primer enemigo al que mató.
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Mayo de 1939: un soldado derrotado vuelve a su pueblo natal con el petate al hombro y, unos pasos por detrás, el fantasma quejumbroso del primer enemigo al que mató. Novela de posguerra española narrada con humor negro y aliento lírico, donde la culpa toma forma de compañía irremediable y el regreso a casa resulta ser el primer capítulo de una vida entera.
Eladio Ferlosio tiene veintisiete años recién cumplidos y viene de perder todas las guerras. Arrastra las botas raídas por un camino arrinconado que lo devuelve a Uldielbo, el pueblo del valle que dejó atrás cuando el camión de reclutamiento se llevó a los muchachos que debían ser el futuro de aquellas tierras y sus minas de carbón. Del petate le cuelgan una taza metálica y un puchero abollado que, al compás de sus zancadas, repican como cencerros anunciando su vuelta. No lo sabe todavía, pero décadas después, ya en su lecho de muerte, recordará esa mañana sofocante de mayo como el primer capítulo de su vida.
No camina solo. A pocos metros lo sigue, malcarado y disconforme, el fantasma de Teodoro Sacristán, el joven del bando contrario al que Eladio mató con la primera bala que salió de su fusil, una noche de febrero del treinta y siete a orillas del Jarama. Una leyenda que conocían hasta los reclutas más imberbes lo advertía: el espectro del primer enemigo abatido acompaña al superviviente el resto de sus días, trofeo y castigo a un tiempo. Así quedaron unidos dos destinos, el del vivo y el del muerto, en una sociedad forzosa de reproches, pedradas contra el puchero y letanías de agravios que Teodoro recita kilómetro a kilómetro.
La novela alterna ese regreso con la historia previa del fantasma. Teodoro fue un mozalbete enjuto de una familia labradora de Levante, empujado al Seminario a los trece años por su madre, doña Virtudes Escrivá, que rezaba a treinta y siete santos de cabecera para que su benjamín llegara a sacerdote. Pero él prefería los placeres terrenales a las glorias del espíritu y la pintura a la liturgia; después de decorar la capilla con unos apóstoles de sensualidad tan inconveniente que el padre rector le ordenó ensombrecer las miradas y cubrir los muslos, entendió que su camino pasaba lejos de aquellos muros y volvió a Catasset, junto al mar, con el estuche de pinceles bajo el brazo y un pájaro perdido en el bolsillo. De aquel encierro solo salvó dos cosas: el dominio de la palabra escrita y la certeza de no querer ser un borrego sin criterio.
A Eladio, en cambio, lo sostuvo durante la guerra un amor callado. Eleonora Cardenal, amiga íntima de su hermana Úrsula, le enseñó de niño a escribir y con ello la posibilidad de conservar la belleza en el papel; el recuerdo de aquellas sobremesas de bordado, agujas y lino blanco fue el haz de luz que lo mantuvo cuerdo en las trincheras. Cada noche de frente se prometió volver para confesarle, con los renglones que le fue caligrafiando, todo lo que nunca dijo.
Pero el Uldielbo que encuentra al coronar el cerro es una acuarela que se deshace de cerca: el campanario reducido a escombros, la campana caída y sin badajo, las calles enmudecidas, los portales poblados de ausencia. Solo una pedrada en el cogote y una silueta que huye callejuela abajo prueban que alguien sigue allí. La cicatriz de la contienda, comprende entonces, será mucho más honda que las ruinas visibles.
Con una prosa de imágenes densas y un humor negro que descarga la tragedia sin traicionarla, el libro entrelaza dos pueblos, dos épocas y dos hombres que jamás se eligieron. Es un relato sobre la culpa que no se puede dejar atrás, sobre las vocaciones abandonadas y las esperanzas que se sostienen contra toda evidencia, y sobre lo que queda de un lugar cuando por fin se llega a él.
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