Una noche de rock en los bares de Valparaíso enlaza la caída de un músico fracasado con la voz de un punk criado en la miseria, en una novela coral sobre juventud, derrota y música como única fe posible.
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Una noche de rock en los bares de Valparaíso enlaza la caída de un músico fracasado con la voz de un punk criado en la miseria, en una novela coral sobre juventud, derrota y música como única fe posible.
En un local pequeño y sudoroso de Valparaíso, Freddy Carrasco dedica una canción “a una persona que ya no está” y despacha, ante medio centenar de asistentes, otro concierto de Los Marsupiales Enfermos, la banda más desconocida del rock local. Él es su cerebro, su voz y su ruina: un guitarrista flaco que toca una Fender comprada por su madre en veinte cuotas, cobra quince mil pesos por noche y carga con la certeza de que la gloria no va a llegar. Lo que sigue a ese show es la deriva de una madrugada: la barra donde el barman oficia de deidad menor eligiendo la música, un viejo rockero tuerto que repite hasta el cansancio su noche de fiesta con Tarantino como si fuera una oración, un encuentro torpe y fallido en el baño, y la aparición de Renata Escudero —Dulce Ren—, la ex novia cuya ausencia Freddy ha convertido en dieciséis canciones inconclusas. La discusión que sigue, mezquina y alcoholizada, lo empuja a la calle en busca de un teléfono público y de una llamada que nunca se hará.
Desde ahí la novela cambia de piel y cede la palabra a Crúner —también Cráter, también Malambo—, un pescador de mohicano rojo y cicatriz paterna que vive en una pieza del Barrio Miseria y camina la ciudad con Retard, Peñascazo, Parásito y Blondie. Su relato en primera persona traza otra cartografía del mismo puerto: la violencia doméstica que lo expulsó de casa a los doce años, las marchas y las piedras sin ideología clara, las lealtades que se rompen por una mujer y una bolsa de falopaína, y la historia de Vagabundo, el poeta maldito que pasó de vender marihuana a manejar pasta base y terminó degollado en un cerro, con un negocio que sus amigos heredaron sin hacerse demasiadas preguntas.
Las dos voces se rozan en los mismos bares, los mismos callejones que huelen a orina y perro mojado, la misma plaza que envejece mal. Alrededor de ellas desfila una fauna entera —punks anarquistas, skinheads, straight edge, metaleros, rude boys, groupies y los que prefieren no ser nada— unida por bandas sonoras que funcionan como escritura sagrada: los Ramones, Sumo, los Dead Kennedys, La Polla Records, los Pixies. La escritura, cruda y de humor negro, alterna la crónica nocturna con la digresión ensayística sobre el fracaso como método, y sostiene una idea incómoda: que en un mundo donde la derrota es lo único posible, la dignidad consiste en perder con estilo.
El resultado es un retrato generacional de una periferia chilena sin épica ni redención, donde la ciudad turística y su reverso conviven a media cuadra de distancia, y donde cada canción dedicada a alguien que ya no está termina siendo, también, un ensayo de despedida propia.
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