Una madre de treinta y siete años empieza a sospechar que se está convirtiendo en perra: le crece una mata de pelo áspero en la nuca, los colmillos le parecen más afilados, y de noche, cuando su marido está de viaje y su hijo no duerme,…
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Una madre de treinta y siete años empieza a sospechar que se está convirtiendo en perra: le crece una mata de pelo áspero en la nuca, los colmillos le parecen más afilados, y de noche, cuando su marido está de viaje y su hijo no duerme, algo animal y furioso toma el control. Entre bromas que dejan de tener gracia, búsquedas en Internet a las tres de la mañana y el recuerdo del trabajo de sus sueños que tuvo que abandonar, la transformación avanza sin que nadie a su alrededor quiera tomársela en serio.
Todo empieza como un chiste. Después de una noche especialmente mala —el niño despierto por cuarta vez, el marido inmóvil al otro lado de la cama, una lámpara hecha añicos y los pies sangrando sobre la moqueta—, ella misma se bautiza: Perra de noche. Los dos se ríen porque no hay otra cosa que hacer. Pero en los días siguientes descubre una mata de pelo rasposo asomándole por el cogote, y la broma deja de comportarse como una broma.
La novela sigue a una mujer de treinta y siete años en una pequeña ciudad del medio oeste estadounidense durante las semanas en que su cuerpo empieza a desobedecerla. Los colmillos se afilan. Las cejas se desmandan. Le brotan pelos en la barbilla, en los empeines, a lo largo de la mandíbula. De noche se le escapan de la boca sonidos que reconoce del husky de su abuela: gañidos casi humanos. Su marido, ingeniero de control de calidad, ausente veintidós semanas de las veinticuatro que lleva el año, le toca la nuca, se ríe, y le sugiere que se organice mejor, que se haga un horario, que la felicidad es una elección.
Lo que la transformación va destapando es una biografía entera comprimida bajo la superficie. La madre fue artista visual, dirigió la galería local, programó clases y proyectos escolares, tuvo lo que ella misma llamaba sin reparos el trabajo de sus sueños. Luego llegó el bebé, y con él la guardería con suelo de linóleo donde le dijeron de pasada que lloraba «un montón»; la sala de lactancia sin ventilación ni ventanas, con su sacaleches y su bote de desinfectante industrial; el día que se dejó la leche olvidada sobre la máquina del aparcamiento y volvió llorando a casa. Cuando hubo que decidir quién se quedaba en casa, él ganaba más. Así de sencillo fue.
El libro se mueve con soltura entre el registro doméstico y el fabuloso: es a la vez el retrato minucioso de un agotamiento —el insomnio crónico, la rabia que arde en el pecho como un fuego que las niñas aprenden a vigilar y no contar a nadie, la culpa que se activa ante cualquier intento de queja— y una metamorfosis que la propia protagonista busca en Internet a base de «licántropos históricos auténticos», «genes recesivos animales en humanos» y, cómo no, El papel pintado amarillo, que vuelve a leer sentada en el váter.
Hay ternura además de furia. Está la Carpeta del marido, ochenta mil archivos de rarezas de Internet que él coleccionaba con puro asombro y sin desdén, y por la que ella decidió casarse con él. Está el vínculo cuasitelepático con un niño que tarda en hablar porque su madre es la única persona del mundo que lo entiende. Y está la sospecha creciente, cada vez menos metafórica, de que Perra de noche no llegó de ninguna parte: siempre estuvo ahí, y nunca demasiado lejos de la superficie.
Una novela sobre maternidad, trabajo y el precio del agradecimiento obligatorio, escrita con humor negro, oído afiladísimo para el habla real y una voluntad de llevar la metáfora hasta el final: si dicen que te estás volviendo un animal, quizá convenga averiguar qué clase de animal.