Un ensayo de ciencias sociales que propone el «capital erótico» —belleza, atractivo sexual, vitalidad, encanto, presentación y competencia sexual— como un cuarto activo personal, tan decisivo como el económico, el cultural y el social, y…
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Un ensayo de ciencias sociales que propone el «capital erótico» —belleza, atractivo sexual, vitalidad, encanto, presentación y competencia sexual— como un cuarto activo personal, tan decisivo como el económico, el cultural y el social, y explora por qué se ha ignorado sistemáticamente.
La obra parte de una escena mínima y reconocible: una profesional que, tras perder su empleo, invierte en su forma física, su peinado y su vestuario, y regresa al mercado laboral con un puesto mejor pagado. A partir de ese caso, el libro construye una tesis de mayor alcance: existe un activo personal que la teoría social ha descrito mal o directamente no ha nombrado, y que la autora bautiza como capital erótico.
El argumento se apoya en el marco de los capitales de Pierre Bourdieu —económico, cultural y social— para señalar una ausencia. Junto a lo que se tiene, lo que se sabe y a quién se conoce, opera una cuarta baza: una amalgama de atractivo físico y social. El texto la desglosa con precisión en seis elementos —belleza, atractivo sexual, gracia y don de gentes, vitalidad, presentación social y competencia sexual— y añade un séptimo, la fertilidad, presente solo en ciertas culturas y aplicado únicamente a las mujeres. La distinción entre belleza (facial, estática, fotografiable) y sex-appeal (corporal, dinámico, observable en movimiento) es uno de los cortes conceptuales más finos del planteamiento, igual que la insistencia en que buena parte del atractivo es adquirido, no heredado: la idea francesa de la belle laide sirve de emblema de esa tesis.
El recorrido va de lo íntimo a lo institucional. Hay capítulos dedicados a los beneficios cotidianos del atractivo —amistad, cortejo, matrimonio, la presunción de bondad que acompaña a las personas agraciadas—, a la negociación tácita de roles dentro de la pareja, y a sectores enteros que comercializan directamente este capital: el ocio adulto, la publicidad, la industria musical. El libro cifra un «plus de belleza» de entre el diez y el veinte por ciento en los ingresos a lo largo del mercado laboral, comparable al que reporta la estatura, y lo rastrea en la política, el deporte, las artes, la gestión y cualquier oficio con trato al cliente.
El hallazgo que reorienta el ensayo es una paradoja: aunque las mujeres puntúan más alto en atractivo físico y social —invierten más esfuerzo en ello—, los hombres obtienen mayores retornos económicos por el suyo. Para explicarlo, la autora introduce su segundo concepto original, el «déficit sexual masculino»: una diferencia en el nivel de deseo que documenta con encuestas sexuales de distintos países y que, sostiene, condiciona de forma soterrada las relaciones entre hombres y mujeres tanto en el espacio doméstico como en el público.
De ahí surge la parte más polémica del libro, y la que da título a su introducción: las políticas del deseo. La tesis es que el patriarcado trivializó deliberadamente el capital erótico femenino para impedir que las mujeres lo explotaran, y que cierto feminismo radical anglosajón terminó suscribiendo esa misma condena bajo una envoltura moral distinta —el aspectismo, la rebelión de los gordos—, mientras las tradiciones feministas francesa y alemana lo reconocían y valoraban. Frente a lo que considera un callejón sin salida, la autora pregunta por qué no se defendió la feminidad en lugar de abolirla, y por qué se desalienta a las mujeres a sacar partido de una ventaja comparativa.
El libro insiste en que no expone opiniones sino evidencia acumulada de la investigación social, y su intención declarada es práctica además de teórica: dar a las mujeres una perspectiva desde la cual negociar mejores condiciones. Por el camino, el marco propuesto reencuadra debates públicos espinosos —la prostitución, la gestación subrogada— y sugiere que las ciencias sociales del siglo XXI conservan puntos ciegos considerables sobre lo que realmente mueve la interacción y la movilidad social.
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