A los treinta años, recién divorciado y con un cargo cómodo en una agencia inmobiliaria parisina, Marc redescubre el apetito que su matrimonio había apagado.
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A los treinta años, recién divorciado y con un cargo cómodo en una agencia inmobiliaria parisina, Marc redescubre el apetito que su matrimonio había apagado. El encuentro casual con Sylvia, una estudiante de historia del arte de veinticuatro años sin el menor rastro de pudor, deriva en un pacto: una sola noche de agosto en París, organizada por él, en la que ella acepta no negarse a nada. Novela erótica para lectores adultos, narrada con crudeza y sin coartadas morales.
Marc lleva más de cinco años en una agencia de gestión inmobiliaria de la avenida Victor-Hugo y acaba de ascender a subdirector. Nada en su vida está mal, y ése es exactamente el problema: treinta y ocho meses de matrimonio con Laura terminaron en un divorcio que ambos aceptaron con alivio. De vuelta en la soltería, entre el cine, los viajes y las mujeres, Marc siente que respira otra vez, aunque los fines de semana le devuelvan el eco de una ausencia que aún no sabe nombrar.
Un domingo de junio, en una galería de Les Halles dedicada a la cartelería cinematográfica francesa, se cruza con Sylvia Lamarre: veinticuatro años, estudiante de historia del arte, un estudio cerca de Clichy y una manera de vestir que desafía abiertamente la mirada ajena. La invitación a tomar una copa se convierte en la misma tarde en un encuentro tan inmediato como brutal, y a partir de ahí en una relación casi diaria en la que él, sin embargo, se mantiene a distancia. Cuando Sylvia se lo reprocha, Marc pone las cartas sobre la mesa: teme repetir el fracaso anterior y necesita comprobar hasta dónde está dispuesta a llegar ella. La prueba tiene una forma precisa —una noche, en París, planificada por él— y una única regla, que es la ausencia de reglas: durante esas horas Sylvia no se pertenecerá a sí misma ni le pertenecerá a él, y no podrá rechazar a nadie.
Ella acepta sin pedir tiempo para pensarlo, y el relato se detiene a explicar por qué. Detrás de la audacia hay una biografía: un primer amante decepcionante a los dieciséis, años universitarios de cama en cama, un cansancio creciente de los amores puramente epidérmicos y el deseo, a punto de cumplir veinticinco, de que alguien la quiera entera. Sylvia no vive la propuesta como una humillación sino como un argumento: promete obedecer precisamente para demostrar que ningún cuerpo ajeno podrá tocar lo que siente por Marc.
La noche llega el 20 de agosto, con un París vaciado por las vacaciones. Empieza en el coche, con un vestido elegido por él que está diseñado para descubrir más de lo que cubre, y continúa en los bosques de Maisons-Laffitte, donde la penumbra convierte a cualquier desconocido en un participante posible. Después, de vuelta en el centro, Marc impone un juego de reloj: sesenta minutos en los Campos Elíseos, un hombre a elección de ella, y una cita posterior en un bar de la calle Washington. Cada etapa sube la apuesta y, con ella, la pregunta que sostiene el libro: si lo que Marc está midiendo es el deseo de Sylvia, su propia capacidad de mirar, o simplemente el precio de no volver a aburrirse.
La narración alterna los dos puntos de vista con una frialdad casi documental —itinerarios reales de la ciudad, horarios, marcas de coche— y encuentra su tensión en la exposición pública: el riesgo del escándalo, la mirada del extraño, el semáforo que obliga a detenerse. El resultado es una novela erótica de escenas explícitas y explícitamente descritas, sostenida por una idea recurrente: que la noche despoja a las personas de las máscaras que llevan de día, y que ese despojamiento puede ser tanto una liberación como una prueba de la que nadie sale igual. Contenido sexual explícito; no apto para menores de edad.
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