Un retratista al que le quedan seis semanas de vida escribe una lista con los nombres de las personas a las que cree haber defraudado, y sale a buscarlas una por una.
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Un retratista al que le quedan seis semanas de vida escribe una lista con los nombres de las personas a las que cree haber defraudado, y sale a buscarlas una por una. Lo que encuentra no es el perdón que imaginaba, sino la constatación de que casi nadie llevaba la cuenta que él llevaba: la deuda estaba únicamente en su propia contabilidad interior.
Una mañana de julio, una resonancia le confirma a Kenny Drummond que un tumor le ha colonizado el cráneo. Le dan seis semanas, quizá menos; la quimioterapia y una resección parcial podrían añadir un mes que él no ve motivo para reclamar. Da las gracias a sus médicos, sale del hospital, se sienta en un banco a mirar oficinistas y autobuses, compra sus antiepilépticos y vuelve a casa: una antigua vivienda de guardabosques a las afueras de Bristol, rodeada de cobertizos de calamina y los esqueletos oxidados de varios Morris Minor, con un invernadero convertido en estudio donde pinta rostros, que es lo único que se le da verdaderamente bien.
Allí escribe cuatro nombres en una libreta: Mary, el señor Jeganathan, Thomas Kintry, Callie Barton. Es la lista de las personas a las que, de un modo u otro, cree haber fallado, y decide gastar el tiempo que le queda en corregirlo.
La empresa fracasa desde el primer intento. A Mary —su exmujer, ahora casada con Stever, que fue el mejor amigo de Kenny— le regala un fajo de bocetos antiguos en un picnic en Brandon Hill, y no consigue decirle nada más: no sabe cómo se repara lo que se estropeó hace tanto. Mary, que reconoce las mentiras de Kenny por el tono de su voz, empieza a llamarle sin obtener respuesta y acaba desenterrando una vieja agenda negra para rastrearle. El señor Jeganathan, el tendero que un sábado de 1998 salió a la calle con un bate de críquet para arrancar a un niño de las manos de un desconocido, ya ha muerto; su hija, embarazada de ocho meses, atiende el mostrador y para ella lo que pasó al otro lado de la calle hace una década no puede ser real como lo es para Kenny. Thomas Kintry, el niño de once años de aquella mañana, es hoy un hombre sereno que trabaja el vidrio arquitectónico y que, cuando entiende quién es el visitante, se ríe de puro asombro y le dice que no hay nada que perdonar: que él tampoco recordaba la cara del hombre, que la culpa fue solo del hombre, y que ni siquiera merece la pena pensar en él.
Porque ahí está el nudo de la deuda de Kenny: educado para hacer siempre lo correcto, se presentó voluntario en comisaría y descubrió, ante el programa de composición de retratos y la mirada de la inspectora Pat Maxwell, que no era capaz de recordar el rostro que había visto durante dos segundos. Nunca atraparon al conductor de la furgoneta. Kenny nunca dejó de pensarlo.
A medida que la novela retrocede, la lista se revela también como una arqueología de la infancia: Aled Drummond, el padre viudo y maníaco-depresivo que alfarería en la salita, leía en voz alta el Libro de Taliesin y le inculcó a su hijo las cualidades de un héroe mientras el pueblo lo tomaba por chalado; los niños que llamaban a Kenny «el risueño» sin que él supiera que era un insulto; y Callie Barton, la niña que en el aula 5 de la señorita Pippenger le enroscaba el tobillo alrededor del suyo por debajo del pupitre sin decir una palabra, y a quien nunca le entregó la tarjeta de San Valentín que sigue debajo de su cama.
El resultado es un relato de aparente sencillez y avance tranquilo —autobuses, picnics, campanillas de tienda— construido sobre una tensión sostenida: la distancia entre el daño que creemos haber causado y el que los demás recuerdan, y la sospecha creciente de que el último nombre de la lista es el que Kenny está dejando para el final por algo.