En un barrio de inmigrantes donde la ley se percibe como un estorbo y no como un amparo, Tony Guarino tiene dieciocho años, una inteligencia que lo separa de sus vecinos y una ambición que no cabe en el almacén de sus padres.
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En un barrio de inmigrantes donde la ley se percibe como un estorbo y no como un amparo, Tony Guarino tiene dieciocho años, una inteligencia que lo separa de sus vecinos y una ambición que no cabe en el almacén de sus padres. El deseo por una bailarina de vaudeville, prometida a un jefe de banda temido en toda la ciudad, precipita su primer asesinato y con él el nacimiento de una carrera criminal. La novela abre así el retrato de una época en la que el revólver empezaba a reemplazar al cuchillo y los caudillos de barrio fabricaban tanto votos como delincuentes.
La obra arranca con una afirmación que funciona como sentencia: el hombre que llegaría a ser el más audaz y célebre de los cabecillas de bandas del país cometió su primer crimen a los dieciocho años, y la causa fue una mujer. Esa mujer es Vivian Lovejoy, bailarina de un teatro de variedades de segunda categoría, a quien Tony Guarino espera cada noche junto a la puerta de hierro por donde salen los artistas. El narrador deja ver de inmediato la distancia entre lo que Tony adora y lo que realmente hay: un cutis tan falso como las alhajas de fantasía, unas patas de gallo mal disimuladas con cosméticos, un desgaste que el muchacho, criado por el cine como único maestro, no está en condiciones de leer.
Vivian lo despacha con una condición y una burla: que vuelva cuando tenga dinero y un automóvil, y le recuerda que su pretendiente es Al Spingola, hombre adinerado, sin escrúpulos y con una escolta de rufianes que le teme y le cobra. La humillación no desalienta a Tony; le fija un objetivo. De regreso en el café-billar que le sirve de cuartel, rechaza el asalto a una estación de servicio que le proponen los muchachos del barrio —«pequeñas raterías», las llama— y convida cigarros a los detectives que irrumpen en una requisa, con la naturalidad de quien ya entendió que un favor devuelto con creces convierte una deuda propia en deuda ajena. En casa lo espera su hermano Ben, agente de policía, cuyo automóvil de tres mil dólares Tony no logra conciliar con un sueldo de ciento cincuenta al mes; para él, la única diferencia entre un policía y un pistolero es la insignia.
La noche siguiente Tony regresa con un coche deportivo alquilado, una billetera abultada por billetes de un peso envueltos en uno de cien y, por primera vez, un revólver en el bolsillo. Vienen las cenas en un reservado del barrio Norte, las amenazas transmitidas por emisarios de Spingola, una nota garabateada a lápiz y, finalmente, el encuentro inevitable. Tony gana de mano con una pantomima calculada: dispara a través del bolsillo del saco, limpia el arma, la arroja a la callejuela, deja cincuenta dólares sobre la mesa y baja por la escalera de escape sosteniendo a la muchacha del brazo.
Más allá de la intriga, el libro construye un argumento sobre el origen del delito. Describe un barrio de faroles antiguos y ventanas entarimadas, un caudillo que protege a los pilletes a cambio de votos multiplicados, un hogar honrado cuya ética resulta ilegible para el hijo, y una primera persecución policial a los seis años por una pera robada. De ese conjunto de circunstancias, sostiene el narrador, un hogar decente produce otro gánster tan inevitablemente como una ostra produce su perla. La muerte de Spingola —ocurrida poco antes de que el país entrara en la guerra mundial— causa asombro no por el crimen en sí, sino porque muestra a los demás jefes que el revólver funciona.