Dos hermanos trabajan a distintos lados de una misma frontera: Ernesto Wesley entra en los incendios y sierra chatarra para sacar cuerpos, vivos o no; Ronivon los recibe abajo, en la sala de hornos de un crematorio, y los convierte en…
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Dos hermanos trabajan a distintos lados de una misma frontera: Ernesto Wesley entra en los incendios y sierra chatarra para sacar cuerpos, vivos o no; Ronivon los recibe abajo, en la sala de hornos de un crematorio, y los convierte en ceniza. Ana Paula Maia levanta con ellos una novela breve y seca sobre los oficios que la ciudad prefiere no mirar, y sobre lo poco que queda de una persona cuando el fuego termina su trabajo: los dientes, si hay suerte.
Empieza por el final: al final sólo quedan los dientes. Esa certeza —que la dignidad no dirá quién fuiste, pero un incisivo sí— organiza toda la novela y explica por qué un bombero se funde la alianza de su madre difunta para revestirse una muela. Ernesto Wesley se ha preparado para ser identificable.
Ernesto Wesley trabaja en el rescate. Le gusta el fuego: arrastrarse bajo el humo, reconocer los muebles por el crepitar de las llamas, salir con alguien más pesado que él sobre las espaldas. Lo que detesta es la ferralla, la motosierra, las horas de talar los árboles —así llama a abrir un boquete en dos coches y un camión fundidos en una autopista— para desatascar a una niña, a su perro, a unos padres. Tiene una razón íntima para su valor: una analgesia congénita que lo vuelve insensible al fuego, a las cuchilladas, a los golpes. Se quema y no lo nota. Ocultó la enfermedad para entrar en el cuerpo y la vive como un don, aunque le haya dejado el cuerpo marcado de violeta y una única grieta abierta: al dolor de la pérdida sí es sensible, y hace tres años que no consigue llorar.
Su hermano Ronivon trabaja en el sótano de un crematorio, la carbonera. Comprueba marcapasos con un detector averiado, calcula cuánto tardará en consumirse un viejo reseco frente a una mujer de cuarenta y ocho años, muele los restos duros hasta dejarlos en polvo uniforme y rellena las urnas con cenizas ajenas cuando la cuenta no sale. Antes removía una olla de grasa hirviendo en el sótano de una fábrica de jabón; lleva casi una década viviendo más hondo que una sepultura, pálido, acostumbrado al subsuelo. Alrededor suyo se mueven Palmiro, el supervisor tuerto que exhibe su ojo blanco y no falta a la timba, y J. G., un muchacho enorme y golpeado desde niño que teme moler cadáveres, cuida los rosales del jardín cinerario y está a punto de perder el cuarto donde duerme. Sobre ellos, arriba, los deudos disponen de quince minutos de velatorio; abajo, las cenizas que nadie reclama terminan en un arroyo que va a la cloaca.
Entre ambos oficios corre una carretera con placas de calavera, barrios sin señalizar, ríos turbios, carros de bueyes y una Lambretta del 74. Está la casa que los hermanos comparten, el café que uno deja hecho para el otro, el lombricario del patio, el estiércol de las vacas del señor Gervásio —que rumia como ellas y desconfía del novio de su hija— y Yocasta, la perra con el cráneo aplastado y el trastorno que le quitó el miedo a todo. Esa vida menuda, casi cómica, es lo que sostiene el libro por debajo.
Maia escribe con frases cortas y sin subrayados sentimentales, con un humor negro que nunca se convierte en burla. La violencia no es un acontecimiento: es un turno de trabajo, un procedimiento, un protocolo escrito en una pizarra de recepción. Y el título nombra exactamente lo que hacen sus personajes cuando se les acaban las palabras: carbón. «¿Qué es lo que hacemos aquí?», pregunta Ronivon. «Hacemos carbón», responde J. G. En esa respuesta cabe una novela sobre la dignidad de quienes manipulan lo que los demás no quieren tocar, y sobre la delgadísima línea que separa un cuerpo de su residuo.