Fuerteventura, año 2000. Sofía es pediatra y, además, la única médico forense de la isla: una doble vida profesional que la mantiene localizable las veinticuatro horas.
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Fuerteventura, año 2000. Sofía es pediatra y, además, la única médico forense de la isla: una doble vida profesional que la mantiene localizable las veinticuatro horas. Tras la pérdida de Víctor, su compañero y chef, se refugia en su biblioteca frente al mar, entre libros, música y recuerdos que se niegan a apagarse. Pero una escena anterior —un buque en plena Segunda Guerra Mundial, un manuscrito robado por una sombra y un cuerpo que cae al Atlántico— proyecta su sombra sobre el presente.
La novela abre en alta mar, en el otoño de 1941. A bordo de un buque que cruza el Atlántico en plena guerra, un hombre despierta entre cientos de literas y descubre que una presencia espectral le ha arrebatado el manuscrito que guardaba como un tesoro. La búsqueda desesperada por la cubierta, entre niebla y oscuridad, termina con un grito ahogado y una zambullida. Ese prólogo marino queda flotando como una deuda pendiente que el relato irá a cobrar mucho después.
El salto nos lleva a Puerto del Rosario, en el año 2000. Sofía narra en primera persona una rutina que sostiene a duras penas: los baños al amanecer en Playa Blanca, la consulta de pediatría con sus mocos y sus fiebres, el ritual meticuloso de cierre que necesita ejecutar cada tarde para poder marcharse tranquila. Todo permanece igual y, sin embargo, todo se ha vuelto ajeno. Hace tres meses y veinticinco días que Víctor ya no está.
En capítulos que alternan presente y memoria, la autora reconstruye la historia de una pareja joven que llegó a Fuerteventura con un contrato modesto y una determinación enorme: él, ayudante de cocina que acabó siendo chef del parador y dueño de su propio restaurante; ella, médico de guardia que aceptó, casi por azar y a instancias de un administrativo entrometido, el puesto vacante de forense insular. Hubo un piso pequeño en la calle Sevilla, un Seat Ibiza comprado a un legionario, una casa en el campo, discusiones por horarios imposibles y tardes robadas al trabajo entre las dunas del Parque Natural de Corralejo. Y hubo, también, una consulta de medicina interna donde una analítica y un ganglio cervical cambiaron el rumbo de todo.
Alrededor de Sofía se mueve un coro de voces isleñas perfectamente reconocibles: María, la abogada lanzaroteña que la empuja a volver al mundo; Raúl, el chicharrero socarrón y protector; Zaida, la enfermera de mirada cálida; Ángel, el policía convertido en aliado en la sala de autopsias. Y Bacon, el schnauzer que no se despega de sus pies.
El prólogo advierte que hay almas destinadas a la gloria y otras condenadas a marchar hacia la oscuridad, y que el destino se cuela por las rendijas por bien selladas que estén las puertas. Esa premisa —que hasta una cualidad superlativa puede ser la semilla de la propia condena— tensa una historia donde el duelo, el oficio de tratar con la muerte y una presencia inquietante venida de otro tiempo terminan por encontrarse.
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