Un estudiante que pasa el verano recuperando asignaturas rescata a una chica que trepa por la cornisa de una finca vecina, y acaba enredado en la búsqueda del secreto que ella persigue.
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Un estudiante que pasa el verano recuperando asignaturas rescata a una chica que trepa por la cornisa de una finca vecina, y acaba enredado en la búsqueda del secreto que ella persigue.
Bruno Calleja ha llegado a una residencia de verano —un antiguo convento con aire de fortaleza— con un plan sencillo: aprobar en septiembre lo que se le quedó atrás durante el curso. Estudia Historia del Arte contra el criterio de una familia acomodada que lo imaginaba en la empresa de fundiciones del padre, y esa terquedad suya, la de no dejar nada sin explicación, es justo lo que lo mete en problemas.
Una tarde, al levantar la vista del libro, ve una cara donde solo debería haber cielo. Al otro lado del muro de la terraza, colgada de una cornisa a la altura de un cuarto piso, hay una chica a punto de caer. Bruno la sube en volandas y recibe a cambio un nombre a medias —Carla— y una orden tajante: olvidar que la ha visto. No lo hace. Con unos prismáticos primero y con la bicicleta después, sigue su rastro hasta una urbanización de adosados con las obras paradas por un litigio, donde descubre que la chica vive sola en un chalet vacío, con un saco de dormir, un infiernillo de camping y la ropa tendida en el garaje.
Lo que sigue es una negociación entre dos desconfianzas. Él lleva comida de la cocina de la residencia y ofrece ayuda a cambio de explicaciones; ella acepta la comida y regatea las explicaciones, pero cede lo justo: entra una y otra vez en la finca de al lado porque busca la identidad del padre que su madre nunca quiso nombrar. Cuando Bruno divisa desde la atalaya a un desconocido siguiéndola por la carretera, el juego de escondites deja de parecer una travesura. Alguien más sabe que Carla está ahí, y la casa de la finca guarda bastantes más secretos de los que ninguno de los dos había calculado.
Aurora Ventura construye una intriga juvenil de ritmo ágil, sostenida en diálogos rápidos y con un sentido del humor que aligera sin restar tensión. Entre cornisas, pinares, gallineros y jardines vigilados, la novela avanza sobre una pregunta doble: qué esconde esa familia y hasta dónde está dispuesto a llegar un chico que solo quería aprobar en septiembre.