En «Carmagedón», el periodista Daniel Knowles examina cómo el automóvil pasó de promesa de libertad a carga colectiva: aire irrespirable, ciudades partidas por autopistas, millones de muertos en las carreteras y un gasto que empobrece a…
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En «Carmagedón», el periodista Daniel Knowles examina cómo el automóvil pasó de promesa de libertad a carga colectiva: aire irrespirable, ciudades partidas por autopistas, millones de muertos en las carreteras y un gasto que empobrece a los hogares. Con reportería en Chicago, Birmingham, Nairobi y Houston, y ejemplos de Ámsterdam, Copenhague, Tokio y Nueva York, sostiene que la dependencia del coche no fue inevitable, sino el resultado de decisiones políticas y urbanísticas que todavía pueden revertirse.
Hay inventos que reordenan el mundo antes de que alcancemos a preguntarnos si queríamos ese orden. El automóvil fue uno de ellos. Prometía autonomía, estatus y comodidad, y durante buena parte del siglo XX pareció cumplirlo. «Carmagedón» parte de esa promesa para preguntar qué precio hemos pagado por ella, y quién lo ha pagado realmente.
Daniel Knowles, corresponsal con años de trabajo en dos continentes, construye su argumento desde la calle antes que desde la estadística. Comienza en Chicago, donde vive sin coche y cruza en bicicleta los puentes tendidos sobre autopistas que atraviesan la ciudad como cicatrices: obras que desplazaron a miles de familias, aislaron barrios enteros y no lograron, décadas después, que nadie llegue antes a ninguna parte. Sigue el rastro hasta Birmingham, la ciudad de su infancia, cercada por un anillo de asfalto que sus habitantes bautizaron «collar de hormigón». Y lo lleva a Nairobi, donde vivió tres años y donde la paradoja se vuelve más cruda: casi nadie posee automóvil, la mayoría se desplaza a pie o en minibús, y sin embargo la ciudad vive envuelta en un esmog que ha borrado del horizonte las cumbres nevadas que antes se veían desde el centro.
El libro reconstruye cómo llegamos hasta aquí. No fue un accidente ni una preferencia espontánea, sostiene Knowles, sino una infraestructura de decisiones: la visión de la ciudad futura que la industria exhibió en la Feria Mundial de 1939, los urbanistas que reimaginaron el espacio urbano en torno al vehículo privado, el poder de expropiación empleado para abrir paso a las autopistas, y un tejido de subsidios silenciosos —aparcamiento gratuito, calzada gratuita, suelo cedido— que convirtió tener coche en una necesidad antes que en una elección. A esa historia se suma su contabilidad: más de un millón de muertes anuales en siniestros viales, una cuarta parte de las emisiones globales de CO₂, deudas por préstamos automotrices que empujan a la quiebra, y estudios que vinculan los trayectos largos al volante con el estrés, el aislamiento y la ruptura familiar.
Knowles no escribe desde la abstinencia moral. Reconoce el placer de acelerar en una carretera vacía y recuerda con afecto sus escapadas al campo keniano en un todoterreno maltrecho. Su objeción no es al motor, sino a la externalidad: al hecho de que la comodidad de unos se financie con los pulmones, el tiempo y el suelo de otros, casi siempre más pobres. Desde ahí desmonta también las salidas que la industria vende como redención —el coche eléctrico, la conducción autónoma, los servicios de viajes compartidos—, mostrando por qué ninguna resuelve el problema de fondo: un vehículo ocupa el mismo espacio lo conduzca una persona o un algoritmo.
La última parte del libro es la más luminosa. Ámsterdam, Copenhague, Tokio y Nueva York demuestran que otra organización del espacio urbano no es una utopía sino una práctica en curso: ciudades donde la mayoría llega al trabajo sin automóvil, donde las plazas de aparcamiento eliminadas se convirtieron en terrazas y parques, y donde la gente resulta, medida tras medida, más sana y más satisfecha. «Carmagedón» es a la vez un diagnóstico incómodo y una invitación práctica: si la dependencia del coche se construyó con decisiones, puede desmontarse con otras.
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