Carmen (1882), de Pedro Castera, es una novela sentimental mexicana narrada en primera persona por un joven que, una madrugada de carnaval, encuentra abandonada en la calle a una niña recién nacida.
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Carmen (1882), de Pedro Castera, es una novela sentimental mexicana narrada en primera persona por un joven que, una madrugada de carnaval, encuentra abandonada en la calle a una niña recién nacida. Criada junto a él en casa de su madre, la pequeña Carmen crece hasta convertirse en una muchacha bella e inteligente cuyo cariño filial se transforma en una pasión celosa y absoluta hacia quien fue su tutor, mientras un viaje a Europa por asuntos de herencia pone a prueba y agrava esa relación ambigua entre paternidad, hermandad y amor.
La acción se abre con una escena nocturna de tono casi burlesco: un joven de veinte años, algo calavera y bebido tras una noche de carnaval, halla en mitad de la calle una canasta con una recién nacida a punto de ser atacada por un perro hambriento. La lleva a su casa y su madre, conmovida, decide criarla como propia. A partir de ahí la narración sigue, año tras año, la formación de esa niña —bautizada Carmen—, cuya belleza, sensibilidad e inteligencia se describen con minucioso detalle: aprende música, idiomas, dibujo y labores bajo la tutela conjunta de la madre y del propio narrador, quien funge como su maestro y guía. Desde muy temprano se advierte en ella un rasgo inquietante, unos celos desproporcionados cada vez que él presta atención a otra persona, que anticipan el giro que tomará la trama. Cuando Carmen tiene doce años, un llamado urgente del tío del narrador, radicado en Francia y sin herederos, obliga a este a viajar para hacerse cargo de sus negocios; madre e hija se instalan entretanto en una casa de campo en Tacubaya. La correspondencia que cruzan durante la ausencia revela que el afecto de Carmen ya no es el de una hija hacia su padre, sino el germen de una pasión más honda, algo que el tío del protagonista intuye y verbaliza sin rodeos, obligando al narrador a confrontar sus propios sentimientos hacia la joven que ayudó a criar. A partir de este punto, según da cuenta el propio autor en su prólogo biográfico y el estudio crítico que acompaña la edición, el relato —concebido como idilio en su primera mitad— vira hacia un tono dramático, incluso melodramático, en el que los celos, la enfermedad y la imposibilidad de conciliar el vínculo filial con el amor adulto conducen a un desenlace trágico. La obra, escrita bajo el influjo declarado de ‘María’ de Jorge Isaacs pero con un temperamento propio —más ardiente, más inestable, más cercano al drama que a la elegía—, se sostiene en capítulos breves, diálogos vívidos y un lenguaje directo que privilegia la intensidad emocional sobre el preciosismo descriptivo, y constituye uno de los ejemplos más señalados de la novela sentimental en la literatura mexicana del siglo XIX.