Frisia, 1748. En una barcaza tirada a sirga camino de Workum viaja Guillermo Agustín van Donck, hijo de un alcalde, con el rostro aún manchado de sangre mal lavada y la cabeza llena de analogías que lo marean.
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Frisia, 1748. En una barcaza tirada a sirga camino de Workum viaja Guillermo Agustín van Donck, hijo de un alcalde, con el rostro aún manchado de sangre mal lavada y la cabeza llena de analogías que lo marean. Thomas Rosenboom levanta sobre ese trayecto una novela de los Países Bajos del siglo XVIII —mercaderes, jerarquías, razón ilustrada— donde la curiosidad por saber de qué está hecha la naturaleza deriva, paso a paso, en crueldad.
Todo empieza sobre el hielo. Cuatro niños se citan al pie de un dique, en el Zuiderzee helado, para llevar a cabo un experimento minucioso: a un gato bien alimentado le han sellado las patas con pez y cáscaras de nuez, y ahora lo sueltan en la llanura barrida por el viento para comprobar qué hace un animal cuando su propia naturaleza deja de servirle. La escena, narrada con una precisión casi luminosa, contiene en miniatura la pregunta que sostiene el libro entero: qué ocurre con un ser vivo cuando el artificio le cambia las condiciones de existencia, y quién queda mirando desde la orilla.
De ahí la novela salta al año 1748 y a la llanura frisona de Westergo, blanda y sin huesos bajo un cielo de lluvia. Guillermo Agustín van Donck, hijo de un alcalde, vuelve a casa en el barco sirgado de Workum. Es el único pasajero; se aferra a la llama de una palmatoria en la penumbra de la camareta mientras afuera el patrón grita órdenes a su hijo, un chiquillo recién estrenado en el oficio que guía el caballo de tiro y no vuelve la cabeza ni una vez. La soga que une al animal con la barcaza se tensa y se afloja, tira y hiere, y Guillermo Agustín —que todo lo convierte en semejanza— reconoce ahí el mismo vínculo que ata al niño con la voz de su padre. Cuando por fin logra ver la cara del pequeño sirgador, pálida como la mantequilla dentro del óvalo negro del sombrero, descubre que lleva rato siendo observado.
Rosenboom construye desde esos primeros compases un retrato ancho del siglo XVIII neerlandés: el dinero de la plutocracia mercantil y sus componendas, la vida de una corte reciente, la distancia entre quien viaja bajo cubierta y quien va a la intemperie sobre el caballo, y el aire racionalista de una época que quiere medirlo y explicarlo todo. Su protagonista encarna esa tensión con incomodidad: un joven que teoriza sobre la caída de la luna y la tinta invisible, que se pregunta cómo el cuerpo entrega al espíritu conocimientos que el espíritu no había pedido, y en quien conviven la ternura y la dureza, el orgullo y la humillación, la devoción y lo obsceno.
El relato avanza como una intriga que aprieta despacio. Bajo la superficie de novela histórica late un estudio psicológico de la degradación, con escenas duras, físicas, a menudo repulsivas, atravesadas sin embargo por un lirismo extraño que las vuelve inolvidables. Traducida al español por Julio Grande, Carne lavada confirma por qué el original neerlandés, Gewassen vlees, se considera una de las grandes novelas de su literatura reciente: no juzga a sus criaturas, las deja patinar hacia el horizonte de plata hasta que ya no se distingue si el viento las empuja o las devora.