Escrito en forma de carta abierta, este libro se dirige a los católicos que, en las décadas posteriores al Concilio Vaticano II, dejaron de reconocer la fe que les había sido enseñada.
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Escrito en forma de carta abierta, este libro se dirige a los católicos que, en las décadas posteriores al Concilio Vaticano II, dejaron de reconocer la fe que les había sido enseñada. Su autor, un obispo formado en el seminario francés de Roma y misionero en África, recorre los cambios en la liturgia, el catecismo y la disciplina eclesiástica, y sostiene que no son adaptaciones al tiempo sino una mutación de fondo. Un alegato frontal, hoy pieza clave para entender la fractura tradicionalista del catolicismo contemporáneo.
La obra nace de una constatación convertida en pregunta: ¿por qué están perplejos los católicos? Su autor —un obispo formado en el seminario francés de Roma y durante años misionero en África— sostiene que el desconcierto no proviene del cansancio de los fieles ni de las distracciones de la vida moderna, sino de un espíritu nuevo introducido en la Iglesia a partir del Concilio Vaticano II. Para sustentarlo cita a los propios pontífices, de Pablo VI al clausurar el Año de la Fe a Juan Pablo II hablando de cristianos «perdidos, confundidos, perplejos», y hace de esa palabra el hilo que atraviesa el libro entero.
El recorrido es deliberadamente concreto. Antes que la discusión teológica abstracta, el autor describe lo que un fiel encuentra al entrar en un templo: el altar sustituido por una mesa, el tabernáculo desplazado a un costado, los vasos sagrados reemplazados por cestos y vasijas, la comunión recibida de pie y en la mano, la desaparición del latín y del canto gregoriano, el hábito eclesiástico abandonado, las procesiones extinguidas, catecismos que ya no nombran la Trinidad ni el pecado original. A esa acumulación de detalles suma fotografías aparecidas en la prensa católica, boletines parroquiales, estadísticas de práctica religiosa y documentos de comisiones ecuménicas, con los que arma su tesis: no se trata de novedades de forma a las que uno se habitúa, como se cambia el barco por el avión, sino de alteraciones en el orden sobrenatural, allí donde —según su lectura— nada puede cambiar.
El tono es frontal y no busca el matiz. El autor niega encabezar movimiento o escuela alguna y afirma no defender doctrina personal sino la enseñanza recibida; desde ahí interpela a los obispos que fueron sus condiscípulos, discute la rehabilitación de Lutero, denuncia lo que llama la desacralización del culto y plantea la disyuntiva que estructura su polémica: o se condena al Concilio, o se condena a Trento.
El resultado se lee hoy en dos registros: como alegato de una parte en un conflicto interno de la Iglesia y como testimonio de una época y de una sensibilidad. El libro se dirige a quienes conocieron otro rostro del catolicismo, a los jóvenes nacidos después del Concilio y también a los indiferentes.
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