Tras cuatro años de relación a distancia, Carlos recibe un adiós que no esperaba y decide escribirle cartas que nunca enviará. En «Cartas a mi exnovia», Lucía M.C.
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Tras cuatro años de relación a distancia, Carlos recibe un adiós que no esperaba y decide escribirle cartas que nunca enviará. En «Cartas a mi exnovia», Lucía M.C. construye un diario epistolar que va del primer golpe de la ruptura al lento trabajo de entender qué se rompió y cuándo. Entre recuerdos de un verano adolescente en la playa, discusiones acumuladas y un correo leído sin permiso, el narrador descubre que la versión que se contaba a sí mismo no era la única posible. Un relato breve e íntimo sobre los celos, el miedo a comprometerse y esa lucidez que siempre llega tarde.
Todo empieza con una frase y una metáfora: la relación es una botella de vodka vacía que ya no admite otro trago. Con esa imagen —que él encuentra absurda y cruel a partes iguales— Lucía pone fin a cuatro años de noviazgo, y Carlos vuelve a una casa que de pronto se le queda enorme. Como no puede llamarla, ni escribirle, ni preguntarle nada más, hace lo único que siempre le ha servido para ordenar la cabeza: escribe. Nueve cartas fechadas entre junio de 2013 y febrero de 2015, cada una encabezada por unos versos, componen el mapa de un duelo.
Las primeras cartas son puro desconcierto. Carlos repasa la conversación palabra por palabra buscando una grieta, un matiz, una posibilidad de vuelta atrás; se convence de que es algo temporal, de que ella cambiará de idea, de que tantos años no pueden terminar así. Después llega la memoria: aquel verano en el pueblo, ella con quince años leyendo boca abajo sobre la arena sin usar toalla, él con una camiseta vieja fingiendo interés por un libro que había cogido al azar de la estantería del abuelo. La reconstrucción de un noviazgo largo, cómplice y un poco loco —cuadernos de ideas, planes improvisados, citas extremas— sirve para formular la pregunta que atraviesa todo el libro: si encajábamos tanto, ¿en qué momento dejamos de encajar?
El relato cambia de temperatura cuando Carlos, incapaz de resistirse, entra en el correo de Lucía y encuentra un mensaje dirigido a una amiga. Ahí la voz narrativa se abre y por primera vez escuchamos a ella: sus dudas calladas durante meses, la distancia entre el norte y Andalucía, el traslado que él nunca pidió, el viaje de aniversario que le hizo más ilusión de la que sentía, una noche de sábado en Málaga saliendo sola. Ese documento —cotidiano, sin dramatismo— reordena por completo lo que el lector creía saber y obliga al narrador a mirar de frente lo que había preferido no ver.
Lo que sigue no es una reconciliación ni una venganza, sino algo más incómodo y más honesto: el reconocimiento. Carlos admite sus celos y los describe como un veneno que se retroalimenta; identifica el miedo —a convivir, a casarse, a que la vida fuera demasiado rápido— como el verdadero motor de sus decisiones, y observa cómo ese mismo miedo se ha transformado ahora en su contrario: miedo a la soledad, al tiempo perdido, a no volver a tener nada parecido. Entre medias aparecen las torpezas ajenas que acompañan cualquier ruptura: los amigos que sueltan que «todo pasa por algo», la madre que quería nietos, la primera salida en la que hay que aparentar entereza.
Lucía M.C. escribe con una prosa directa, coloquial y sin adornos, muy cercana al pensamiento en bruto de quien está atravesando algo. La estructura epistolar permite medir el duelo en días —los tres primeros, la primera semana, el primer fin de semana— y luego en saltos cada vez más amplios, hasta esa carta final fechada casi dos años después. Es un texto breve, de lectura rápida, que funciona menos como historia de amor que como radiografía de sus restos: lo que se dijo, lo que se calló y lo que solo se entiende cuando ya no sirve de nada entenderlo.