Un periodista veterano, curtido en coberturas de guerra en Centroamérica y Oriente Próximo, descubre que la sonrisa de una mujer a la que ve con frecuencia en un pequeño establecimiento reaviva en él una capacidad de asombro que creía…
Descargar
Un periodista veterano, curtido en coberturas de guerra en Centroamérica y Oriente Próximo, descubre que la sonrisa de una mujer a la que ve con frecuencia en un pequeño establecimiento reaviva en él una capacidad de asombro que creía perdida. Sin decírselo al principio, comienza a escribirle cartas —casi de amor, luego de amor sin más— que va publicando en redes sociales sin revelar su identidad. El libro reúne esa correspondencia unilateral, fechada y numerada, en la que la observación cotidiana, las canciones, el cine y las citas literarias se entrelazan para construir el relato de una fascinación silenciosa que, poco a poco, se convierte en confesión.
«Cartas de amor» reconstruye, carta a carta, el nacimiento de un sentimiento que su autor no busca explicar sino narrar en el momento en que ocurre. Todo arranca en una mañana de febrero, en un local que el narrador frecuenta por rutina, cuando una sonrisa ajena —dirigida a nadie en particular— se le queda grabada. A partir de ahí, breves encuentros de trabajo, saludos y conversaciones triviales se transforman en el material de una escritura constante: cada carta lleva fecha, está numerada y se dirige a una destinataria que, durante buena parte del libro, ignora que esas palabras hablan de ella.
El volumen avanza de forma casi diarística. El narrador entrelaza sus jornadas —marcadas por el oficio periodístico, recuerdos de coberturas bélicas en Centroamérica y Oriente Medio, lecturas de Cortázar, Nietzsche, García Márquez o Antonio Gala, canciones de Serrat o Roberta Flack, y referencias al cine— con las emociones que le despierta esta mujer a la que apenas conoce en el trato directo, pero a la que empieza a atribuir una presencia constante en su vida cotidiana. Las cartas, publicadas primero en una red social y luego reservadas para un cajón íntimo, documentan tanto la intensidad creciente del sentimiento como las dudas del propio narrador sobre si debe o no revelarlo.
El punto de inflexión llega cuando, tras varias cartas, decide confesarle a ella la existencia de esos textos. La respuesta —serena, sin ofensa pero también sin correspondencia romántica plena— obliga al narrador a replantear el sentido de seguir escribiendo: ya no como estrategia de conquista, sino como ejercicio de memoria y gratitud hacia una experiencia que, correspondida o no, le devolvió la costumbre de soñar. El libro se cierra como un testimonio de esa transformación, más centrado en el propio acto de admirar y nombrar la belleza cotidiana que en un desenlace convencional de pareja.