Tras la muerte de su hermana mayor, una adolescente empieza el instituto en un centro donde nadie la conoce y encuentra su única voz posible en las cartas que escribe a personas célebres que ya han muerto.
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Tras la muerte de su hermana mayor, una adolescente empieza el instituto en un centro donde nadie la conoce y encuentra su única voz posible en las cartas que escribe a personas célebres que ya han muerto. Entre amistades nuevas, la ropa heredada de May y un chico que la mira demasiado tiempo, Laurel tantea quién es cuando ya no puede ser la hermana de alguien.
Laurel tiene una tarea de Lengua sencilla: escribir una carta a alguien que haya muerto. Nunca la entrega. En su lugar, sigue escribiendo —a Kurt Cobain, a Judy Garland, a Elizabeth Bishop, a River Phoenix, a Amelia Earhart, a Amy Winehouse— porque hay cosas que solo puede contar a quien ya no está aquí, y porque su hermana May murió el abril anterior y en casa nadie ha vuelto a nombrarla.
Para evitar las preguntas, Laurel elige un instituto donde no conoce a nadie. Come sus bocadillos a escondidas en el baño, se sienta sola junto a la verja y observa desde fuera esa coreografía de colas de cafetería y grupos que parecen equipos. Su familia se ha dispersado en islas: el padre sube el volumen de los partidos y vuelve al trabajo; la madre se marcha a un rancho de California; la tía Amy prepara sándwiches con una ternura que Laurel no sabe rechazar. La habitación de May permanece intacta, con dos horquillas cruzadas sobre el tocador, y Laurel entra de noche a probarse sus cosas como quien busca instrucciones.
El armario de May acaba siendo la puerta. Con un jersey rosa remendado con un parche de Nirvana, Laurel reúne el valor de cruzar la cafetería y sentarse con Natalie y Hannah, dos chicas que no encajan en el molde de lo popular pero que brillan con luz propia y arrastran sus propios silencios. Llegan la feria estatal, el primer cigarrillo, una atracción que las lanza al aire sobre el olor a maíz asado, y Sky: un chico de cazadora de cuero que la mira como si viera algo que ella todavía no sabe que tiene.
Mientras se rehace una vida en la superficie —amigas, ropa prestada, un primer roce con el deseo—, en las cartas ocurre lo otro. Laurel escribe sobre la niña que cantaba para que sus padres no discutieran, sobre el actor que su hermana quiso dejar congelado para siempre en la juventud, sobre la aviadora que no temía perderse. Habla de personas muertas para poder acercarse, con enorme cautela, a lo que pasó aquella noche y a por qué es lo único que no puede decirle a nadie. Cada destinatario le presta un vocabulario que aún no tiene, y el poema de Bishop sobre el arte de perder le da la formulación exacta de su miedo: que perder a alguien a quien estabas unida es también perderte a ti misma.
Narrada íntegramente en esas cartas, la novela avanza sobre una doble corriente: el pulso reconocible de un primer año de instituto —la vergüenza, la calderilla reunida para unas galletas, la euforia de un mensaje devuelto— y el duelo que Laurel intenta convertir en imitación, creyendo que si aprende a ser más como May descubrirá cómo vivir sin ella. Un relato sobre la culpa que no encuentra oyente, sobre las amigas que sostienen sin saberlo y sobre el momento en que dejar de repetir la vida de otra persona se vuelve la única salida.
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