Berlín, diciembre de 1989. Mientras la ciudad celebra la caída del Muro, Miriam Voight se encierra en el piso familiar de Klausenerplatz para cuidar a su padre moribundo.
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Berlín, diciembre de 1989. Mientras la ciudad celebra la caída del Muro, Miriam Voight se encierra en el piso familiar de Klausenerplatz para cuidar a su padre moribundo. Al cambiarle el pijama descubre, oculta bajo la correa del reloj, una hilera de números tatuados en su muñeca, y escucha de sus labios un nombre desconocido: Frieda. Novela sobre la memoria, el silencio heredado y las mujeres que la historia dejó fuera del relato.
La novela arranca con una escena breve y sin nombres: en enero de 1945, unas manos hinchadas descosen el dobladillo de un uniforme para esconder allí varios trozos de papel y volver a cerrar la costura. No sabemos quién escribe ni qué escribe; solo que el tiempo se agota y que ese gesto minúsculo es lo último que queda por hacer.
Cuarenta y cuatro años después, en el Berlín de diciembre de 1989, Miriam Voight comprueba por tercera vez que la puerta está cerrada. Fuera, los llamados «pájaros carpinteros» pican el Muro a martillo y cincel y los periódicos hablan de libertad; dentro, la rutina se reduce a lavar, hidratar, medir y esperar. Miriam ha vuelto a la casa de su infancia para acompañar a su padre en un final que los médicos dieron por inminente hace semanas y que, sin embargo, se prolonga. Ella misma llega huyendo: de un matrimonio que la anuló, de un olor a papel y aceite que todavía la sobresalta, de una libertad que no sabe ejercer aunque la tenga a cinco pasos de la puerta.
El equilibrio se rompe con dos hallazgos. Primero, una mano helada que la agarra de la muñeca y un nombre pronunciado como una súplica: Frieda. Después, bajo el reloj de oro parado a las cuatro y diez, unos números negros tatuados en la piel de su padre. Miriam comprende que el hombre que le cantaba nanas y le leía cuentos —el profesor que jamás le habló de la guerra— estuvo allí. La pregunta de quién es Frieda se convierte en el hilo del que tirar, y el dobladillo de aquel uniforme, en el lugar donde el pasado sigue esperando.
La narración alterna la voz de Miriam con la de Henryk, que recuerda desde dentro de su cuerpo detenido. En 1942 enseñaba en la universidad la única literatura permitida, con las listas de lecturas tachadas por el jefe de departamento y las paredes del aula cubiertas de propaganda. Su vida se ordenaba en torno a la prudencia y a Emilie, hasta que una alumna callada empezó a responderle en francés, luego en inglés, luego en idiomas que él no reconocía. Frieda hablaba de la escritura como del arte de recrear el dolor ajeno, llamaba imbécil al Führer en mitad de una clase y le devolvía libros prohibidos con la naturalidad de quien no concibe otro modo de vivir. «Nunca se acaba», le dijo cuando él intentó poner fin a aquel intercambio.
Entre las dos líneas temporales se levanta un mismo problema: qué se hereda cuando lo que se transmite es el silencio. Anna Ellory construye un relato de intimidad y cuidados, atento a los gestos pequeños —una pluma encajada en el marco de una puerta, unas manos frotadas hasta sangrar, un armario que todavía huele a azahar— y a la manera en que el miedo aprendido sobrevive a la caída de cualquier muro. Encabezada por unos versos de Yeats sobre el ritual de la inocencia anegado y dedicada «a todas las mujeres olvidadas por el tiempo», la novela avanza hacia diciembre de 1990 desde la certeza de que ciertas voces solo llegan si alguien se toma el trabajo de abrir la costura y leerlas.