Relato breve ambientado en las horas finales de la presencia española en el Sahara Occidental. En la madrugada del 5 de noviembre de 1975, mientras la Marcha Verde se concentra al otro lado del campo de minas, un joven soldado de las…
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Relato breve ambientado en las horas finales de la presencia española en el Sahara Occidental. En la madrugada del 5 de noviembre de 1975, mientras la Marcha Verde se concentra al otro lado del campo de minas, un joven soldado de las Tropas Nómadas cubre una guardia que sabe inútil en el puesto fronterizo de Mahbes. La orden de evacuar llega poco después y lo empuja a un repliegue por el desierto en el que se le van quedando atrás la ciudad, la gente que lo miraba como suya y la idea que tenía de sí mismo. Akhnatón Ibáñez cuenta esa retirada desde el nivel del suelo: sin épica, sin discursos, con un hombre corriente obligado a decidir qué le debe a un uniforme y qué a su propia conciencia.
Llueve sobre la frontera la noche del 5 de noviembre de 1975 y el agua no limpia nada. Al otro lado de un campo de minas se apiña un ejército; de este lado, un puñado de soldados españoles custodia un fuerte con manchas de sangre todavía frescas en la muralla y con la certeza de que las promesas de refuerzos que llegan desde Madrid no van a materializarse. Entre ellos hay un joven pelirrojo de las Tropas Nómadas que se alistó para escapar de la pobreza y de unas cuentas pendientes, y que ha acabado en el rincón más expuesto de una provincia que su país está a punto de soltar.
Cuando la orden de retirada se hace pública, el relato deja de ser una espera y se convierte en una huida. La guarnición desmonta lo que puede, destruye el resto y sale de Mahbes entre los gritos de vecinos que comprenden, en tiempo real, que están siendo abandonados. La mirada de una niña a la salida del pueblo se le queda clavada al protagonista con más fuerza que cualquier disparo. En el trayecto hacia Smara, la Ciudad Santa convertida ahora en depósito de refugiados y de rumores, el soldado carga con un petate mínimo y con un recuerdo que no ha logrado enterrar: Zaida, la mujer saharaui con la que vivió unos meses felices y que, cuando él la obligó a elegir entre el ejército colonial y el Frente Polisario, eligió a los suyos.
La búsqueda de Zaida en una ciudad que se descompone da al relato su segundo motor. Lo que el protagonista encuentra allí —una revelación que le cambia el peso de todas sus decisiones anteriores— lo coloca ante un dilema que ninguna cadena de mando contempla: obedecer hasta el final, como han hecho todos, o asumir por primera vez el coste personal de una elección propia. La última etapa del repliegue, con la retaguardia expuesta y sin nadie que la cubra, convierte esa disyuntiva en algo urgente y físico, entre rocas, arena y fuego cruzado, donde las reglas de la guerra se cumplen aunque duelan.
Ibáñez escribe una guerra sin fanfarria. Sus personajes no defienden ideas nobles: defienden a su familia, su casa, su palabra dada o simplemente el derecho a no odiarse a sí mismos por la mañana. Detrás de los uniformes aparecen los intereses que de verdad mueven las piezas —fosfatos, caladeros, equilibrios de la Guerra Fría— y delante de ellos, peones a los que nadie preguntó nada. La prosa es directa, con la aspereza del habla de cuartel y con destellos de lirismo que llegan sin previo aviso; las referencias a Eneas huyendo de Troya funcionan menos como adorno culto que como recordatorio de que esta escena se ha repetido en todos los mapas y en todos los siglos.
El resultado es un texto corto y tenso, que se lee de una sentada y deja una incomodidad larga: la de una retirada ordenada sobre el papel y desastrosa para quienes se quedaron, y la de un soldado que, perdido todo lo demás, todavía puede decidir por qué vale la pena arriesgar lo poco que le queda.
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