«Cartas para ti» reúne las cartas que un padre soltero escribe a su hijo pequeño para dejar constancia de quién fue, cómo llegó él al mundo y qué aprendió criándolo a contracorriente.
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«Cartas para ti» reúne las cartas que un padre soltero escribe a su hijo pequeño para dejar constancia de quién fue, cómo llegó él al mundo y qué aprendió criándolo a contracorriente. Entre el relato de un amor juvenil que se quiebra, los trámites por un régimen de visitas y la crónica menuda de los fines de semana compartidos, el libro compone un retrato íntimo de la paternidad como decisión sostenida en el tiempo.
Un hombre se sienta a escribir a las ocho de la noche, en la mesa de su sala, con la certeza de que debió empezar cinco años antes. Del otro lado del papel está su hijo de cuatro años, que aún no puede leer estas páginas pero que algún día encontrará en ellas una versión ordenada de su propio origen. Así arranca «Cartas para ti», de Dolph Apaestegui Sotomayor: un epistolario que funciona a la vez como archivo familiar, cuaderno de crianza y confesión.
El libro se abre con la reconstrucción del principio. Un reencuentro escolar en Piura, una búsqueda paciente de un correo electrónico entre cadenas de mensajes de una profesora de historia, un noviazgo que se vuelve embarazo, un matrimonio apresurado y una familia que nunca llega a habitar la misma casa. El narrador —que se desdobla en Alex para contarse en tercera persona— no idealiza ese tramo: registra la ilusión, el cálculo de horarios y visitas al ginecólogo, y también el modo en que la desconfianza, la presión de las familias y la distancia entre dos universidades fueron desgastando el vínculo hasta la separación.
De ahí en adelante, el foco se desplaza por completo hacia el niño. Las cartas propiamente dichas alternan lo doméstico y lo elegíaco con una naturalidad desarmante: una parrilla improvisada en la azotea con ladrillos y ramas de neem, el ciclo del agua repetido hasta memorizarlo, semillas germinando en la mano firme de un niño, dibujos que invaden las paredes de la casa, una caminata de treinta y cinco minutos al colegio que atraviesa esteras, prefabricados y edificios de vidrio en apenas unas cuadras. El padre anota lo que ve porque teme perderlo, y porque escribir es la única forma que encuentra de estar presente los días en que no le corresponde estarlo.
El volumen también cede la voz. En «Limbo y otras situaciones» toma la palabra la abuela: una mujer abandonada por su esposo, endeudada, sobreviviente del cáncer y de la artritis reumatoide, que vende mercadería ajena en el mercado por veinte soles y descubre en la escritura una salida posible. Su capítulo desplaza el eje del libro y revela que la casa donde el niño pasa los fines de semana se sostiene sobre más de una renuncia. Junto a ella aparece la enfermedad temprana del pequeño, las terapias, el conflicto por la lactancia y las tensiones con la familia materna, referidas siempre desde la perspectiva del narrador y con el pulso de quien todavía está adentro de los hechos.
Escrito desde un norte peruano que se cuela en cada página —el sol vertical, los mototaxis, la sombra del algarrobo, los pasajes de tierra—, «Cartas para ti» defiende una tesis sencilla y poco cómoda: que la dedicación a un hijo no puede ser lo que sobra después del trabajo o del estudio. Su índice anuncia lo que vendrá, del calvario a la alegría, de los años pasados a los nietos futuros, y sugiere que este es solo el primer tramo de una conversación que el autor piensa sostener durante toda una vida.