Ensayo de Jorge Aguilar Mora que coloca Cartucho, de Nellie Campobello, en el punto de partida de una genealogía narrativa que atraviesa Pedro Páramo y llega hasta Cien años de soledad.
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Ensayo de Jorge Aguilar Mora que coloca Cartucho, de Nellie Campobello, en el punto de partida de una genealogía narrativa que atraviesa Pedro Páramo y llega hasta Cien años de soledad. Mediante el cotejo de frases inaugurales, imágenes finales y procedimientos de estilo, el autor examina la brevedad extrema, el trato de las palabras con el silencio y la perspectiva infantil con que Campobello narró los años más sombríos de Chihuahua, y discute las razones del prolongado menosprecio de su obra en México.
Jorge Aguilar Mora abre su ensayo con un cotejo minucioso: la apertura de Cien años de soledad reconoce, en su ritmo y en su mesura, la cláusula inicial de Pedro Páramo, y el desenlace de la novela colombiana recoge la imagen del montón de piedras con que se cierra la de Rulfo. De ese parentesco, sin embargo, no deduce una simple deuda, sino la originalidad intransferible de cada obra: en un caso la ironía frente al cristianismo como institución, en el otro la desolación ante el optimismo de la perfectibilidad humana. El argumento avanza entonces un eslabón más atrás, hasta 1931, para sostener que Pedro Páramo tampoco habría sido posible sin Cartucho.
El núcleo del texto es la caracterización de ese libro y de su autora. Aguilar Mora describe los treinta y tres relatos de la primera edición como piezas de definición imposible —crónica familiar, testimonio, leyenda, retrato, estampa— unidas por una escritura de frases elípticas, brevísimas, capaz de recorrer sin transición todos los registros del lenguaje. Frente a la historiografía que sólo consignó batallas y posiciones políticas, Campobello se acercó al acontecimiento pasajero y aparentemente insignificante del periodo que va de 1916 a 1920 en Chihuahua, esos años que Calzadíaz Barrera y Friedrich Katz coinciden en llamar los más crueles de la región. Su hallazgo, señala el ensayo, fue hundir la macrohistoria en las minucias, en el anonimato y en los rincones de la voluntad de quienes la hicieron.
Un apartado central atiende la perspectiva infantil del relato. El autor discute las fechas de nacimiento en disputa —1900 o 1909— y propone que, en cualquiera de los dos casos, la elección de narrar con ojos de niña fue deliberada y acertada: permite una visión directa, amoral e inmediata de la muerte, en la que los cadáveres son juguetes y los vivos, futuros muertos. Esa franqueza, sugiere, explica parte del escándalo de la crítica. Al contrastarla con Francisco Villa ante la historia, de Celia Herrera —crónica igualmente legítima pero maniquea—, subraya que Campobello no oculta la violencia ni divide el mundo en entidades morales irreconciliables: entre sus personajes trágicos hay villistas, desertores y enemigos declarados de Villa, todos igualados por la manera de asumir su destino.
El ensayo cierra con un balance del olvido. A la condición de mujer, que fue un factor entre otros, Aguilar Mora suma el autoritarismo de los adultos frente a los jóvenes, las luchas por el poder literario, el repudio duradero de Villa y sus soldados, y una república literaria cuya cualidad más constante es olvidar su propia tradición. Revisa además el estado de la recepción —traducciones deficientes, estudios recientes valiosos pero desiguales— y las modificaciones que la segunda edición introdujo en textos como «Los hombres de Urbina» y «Epifanio», que en su lectura debilitaron la concisión original.