Freya Hutchinson enseña Historia en un instituto de Leeds, raciona la calefacción y guarda cada libra en una cuenta que ha bautizado, con más esperanza que realismo, «Depósito de la casa». La hipoteca se le niega una y otra vez.
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Freya Hutchinson enseña Historia en un instituto de Leeds, raciona la calefacción y guarda cada libra en una cuenta que ha bautizado, con más esperanza que realismo, «Depósito de la casa». La hipoteca se le niega una y otra vez. Cuando reencuentra por casualidad a Charlie Humphries —su inseparable cómplice de la infancia, ahora dueño de una pequeña agencia y con la misma solicitud rechazada sobre la mesa— una broma lanzada entre gin-tonics empieza a sonar sensata: comprar juntos una casa que necesite obra, reformarla y venderla para que cada uno pueda por fin permitirse la suya. Una comedia romántica sobre amistad, ladrillos y la distancia exacta entre un plan sobre el papel y una vida compartida.
Hay una humillación muy concreta en tener treinta y tantos, un trabajo que importa y un asesor hipotecario que te llama «riesgo». Freya Hutchinson la conoce bien. Da clase de Historia en un instituto de Leeds, convence a adolescentes de que el esfuerzo abre puertas y luego vuelve a una habitación alquilada en una casa compartida, bajo dos edredones y tres bolsas de agua caliente, porque el casero controla el termostato desde su parte de la vivienda y parece inmune al frío. Ahorra con una disciplina casi monástica —comidas gratis del colegio, ninguna extravagancia, cálculos que le dicen que la entrada llegará dentro de veintisiete años— mientras su jefe de departamento, que se casó con una heredera, le explica con la boca llena que los jóvenes de hoy tienen las prioridades equivocadas.
Una noche de concurso en el pub, arrastrada por su amiga Leila, Freya se planta ante un desconocido al que acusa de hacer trampas con el móvil. El desconocido resulta ser Charlie Humphries: el otro miembro del Dúo Terrible, el niño con el que compartió pupitre, lista de clase y promesas de amistad eterna hasta que una mudanza los fue borrando el uno del otro. Ahora es un hombre ancho de espaldas que dirige su propia agencia, enseña casas los fines de semana para ahorrar y acaba de recibir la misma negativa del banco que ella. Un asesor le ha sugerido, con toda naturalidad, que lo intente en pareja.
La broma la suelta Leila y todos se ríen. Pero esa madrugada, después de un episodio en su propia habitación que le arrebata de golpe cualquier sensación de refugio, Freya mete su vida en bolsas de basura, las engancha a la bicicleta y descubre que necesita algo más que un sofá prestado: necesita una salida a largo plazo. Sentada en el suelo, con rotulador verde y rotulador rojo, empieza a escribir los pros y los contras de una idea que ya no le parece absurda. Dos sueldos en lugar de uno. Una casa vieja, pintura fresca, suelo nuevo. Vender, repartir, y que cada cual se marche con su entrada bajo el brazo. Sin compromiso, sin ataduras. Solo un plan.
Emily Kerr construye a partir de ahí una comedia romántica de textura muy reconocible: la aritmética imposible del alquiler, la solidaridad de las amigas que te preparan un té demasiado dulce a las cuatro y media de la mañana, el humor de sala de profesores, y la ternura incómoda de reencontrarte con alguien que te conoció antes de que fueras quien eres. Bajo la reforma —los presupuestos, las goteras, las decisiones sobre azulejos— late la pregunta que ningún papel firmado resuelve: qué ocurre cuando compartes paredes, cuentas y madrugadas con la persona que un día lo fue todo, y el plan empieza a parecerse peligrosamente a un hogar.
Una novela cálida y con los pies en el suelo sobre la generación que aprendió a soñar a lo grande y a calcular en pequeño, y sobre la posibilidad de que la casa que buscabas no fuera exactamente un edificio.