Terminada la guerra y arrasada Troya, Casandra vive en Aso como botín y señora de una casa que fue burdel portuario y ahora es el cuartel general de Agamenón.
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Terminada la guerra y arrasada Troya, Casandra vive en Aso como botín y señora de una casa que fue burdel portuario y ahora es el cuartel general de Agamenón. Desde esa posición ambigua —cautiva, amante, sacerdotisa temida— decide hacer lo único que aún está en su mano: escribir. Con la ayuda de una esclava poeta que versificará lo que ella narre en prosa llana, emprende una crónica fiel de su estirpe y de la ciudad perdida, convencida de que el olvido es la última derrota posible.
La novela se abre después del final: la guerra ha terminado, Troya ya no existe y los vencedores se demoran en una costa ventosa de Asia Menor mientras clasifican mercancías, se reparten esclavos y cargan las naves del regreso. En Aso, en una antigua posada llamada La Gruta de las Ninfas, Casandra administra la casa del hombre que destruyó su ciudad. Ha dejado de gritar profecías. Ha aprendido, en cambio, algo más eficaz: el silencio, la voz impostada, la mirada que basta para que los héroes de la Ilíada duerman mal.
Desde esa calma vigilada, la hija de Príamo observa el paisaje de la posguerra con una lucidez sin consuelo. Los jefes aqueos aplazan la partida porque temen lo que encontrarán al volver; Odiseo pregunta por su destino y ella le responde con augurios calculados; Diomedes acude a pedirle que consulte al dios; Hécuba se encierra en el piso alto a contar los hijos que le quedan; Andrómaca ha sido asignada al hijo de Aquiles. En el puerto, soldados envejecidos y mutilados hablan de olivos, de perros y de camaradas muertos, y los esclavos troyanos aprenden a mandar sobre sus amos cansados. La voz narradora recorre todo eso sin épica: la guerra, aquí, es una liquidación de bienes.
En el centro late una contradicción que la protagonista no se perdona ni resuelve: ama a Agamenón, su enemigo. Él la venera, la protege de las humillaciones de los otros, y ese amparo le da una autoridad real dentro de la casa; ella lo sabe y lo usa, y a la vez conoce —por una visión que guarda como un arma— el final que aguarda a ambos. No necesita vengarse: le basta callar lo que sabe y dejar que los dioses hagan su trabajo.
El encuentro casual con un cantor ambulante en una plaza del puerto le devuelve la certeza de que las ciudades sobreviven en los versos que las cuentan. A partir de ahí, la novela se convierte en el relato de su propia escritura. Casandra manda instalar una mesa de roble bajo una ventana que da al mar y de espaldas a lo que queda de Troya, reúne todo el pergamino y el papiro disponibles, y pacta con Herófila —esclava, discípula de un poeta, dueña de una lengua afilada— un reparto de trabajo: la princesa contará los hechos con exactitud infantil y sin adornos; la poeta los volverá música y podrá replicarle en los márgenes, pero no cambiar una sola letra. De ese pacto nace un texto a dos voces, con anotaciones al borde que discuten, corrigen y contradicen a la narradora.
Lo que Casandra escribe es también la novela que leemos: la memoria de una Troya que no fue la de los poemas heroicos, sino una potencia comercial refinada y próspera, aduana entre Oriente y Occidente, rica en caballos, tributos y vientos que se cobraban caros; la genealogía de sus fundadores y la profecía que pesaba sobre la colina desde antes de la primera piedra; el templo de la Madre y los ritos que una civilización antigua no vivía como vergüenza; y el episodio nocturno en que Apolo la eligió y la maldijo, condenándola a una clarividencia que su familia leyó como enfermedad mental. El rechazo de los suyos, escribe, dolió más que la certeza del desastre.
El resultado es una relectura íntima y desmitificadora del ciclo troyano contada por la testigo a la que nadie quiso creer. Su apuesta no es la verdad histórica de los vencedores ni la belleza de los cantores, sino la fidelidad al orden de sus recuerdos —aunque estropee la armonía del verso—, sostenida por una idea sencilla y desesperada: mientras alguien cuente Troya, Troya no habrá caído del todo.
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