En una sociedad de salones, temporadas y matrimonios pactados, Diana —hija de un conde y columnista de una revista— se niega a que su vida se reduzca a conseguir marido.
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En una sociedad de salones, temporadas y matrimonios pactados, Diana —hija de un conde y columnista de una revista— se niega a que su vida se reduzca a conseguir marido. El regreso inesperado de Daniel Bradley, el oficial que la besó y desapareció sin una explicación, coincide con la llegada de los Andrews a la ciudad y con Mathew, un hombre que parece leerla mejor que nadie. Entre la presión familiar, un ultimátum paterno y dos afectos que la conmueven de maneras distintas, Diana tendrá que decidir qué está dispuesta a entregar y qué no.
Casar a Diana, de Francesca M. D., es una novela romántica de época narrada en primera persona por su protagonista: una joven perspicaz, irónica y algo indócil que observa su propio mundo con la distancia de quien no termina de creérselo. Hija de un conde, hermana de un heredero y de una hermana menor entusiasmada con los bailes, Diana vive en una casa donde el té de la tarde funciona como boletín de noticias y donde la llegada de un viudo con dos hijos solteros basta para reordenar los planes de toda la familia.
Lo que separa a Diana de sus amigas no es el desdén por el amor, sino su idea de lo que el amor debería costarle. Escribe una columna tres días a la semana, cobra por ello y guarda ese sueldo como quien guarda una llave: sueña con un piso en el centro, con horarios, con entregas, con la clase de propósito que su educación jamás contempló para una mujer de su clase. La sociedad de posguerra en la que se mueve avanza demasiado despacio para ella; las familias empobrecidas se sostienen con el apellido y los matrimonios siguen siendo tratados como alianzas. Su madre y su abuela, cariñosas y obstinadas, temen que acabe como la tía Virginia; su padre ya ha puesto fecha: comprometerse este año o renunciar a la columna.
En ese equilibrio precario aparecen dos hombres. Mathew Andrews la sorprende porque no la corteja por su rostro sino por lo que escribe: conoce su columna, conoce el comedor comunitario que Diana levantó durante la guerra junto a la cocinera de la casa, y la mira de un modo que ella describe como reconocer un alma. Daniel Bradley, en cambio, es la herida abierta: el oficial que compartió con ella bailes, cenas, paseos y un beso bajo un árbol del jardín antes de marcharse al norte sin más despedida que una nota y una promesa de cartas que nunca llegaron. Tres años después vuelve convertido en heredero de un título, hermano de leche de un matrimonio amigo, con una explicación que insiste en dar y una intención que no se molesta en disimular.
La novela avanza por escenas de sociedad —cenas coreografiadas por una madre casamentera, un baile en casa de la amiga Emma, paseos y visitas a la biblioteca— y en cada una la tensión se juega en lo no dicho: una mirada sostenida más de la cuenta, un roce de guantes, una frase con doble filo servida entre postres. Diana observa que Daniel despierta a la muchacha apasionada que fue y Mathew a la mujer que quiere ser, y esa disyuntiva es más que un triángulo amoroso: es la pregunta de si puede existir un matrimonio que no la obligue a apagarse.
Escrita con diálogos ágiles, humor seco y una protagonista que responde con filosofía a deshoras, Casar a Diana propone el placer clásico del romance de salón —los vestidos, las peinetas, la temporada, la etiqueta como campo de batalla— sin renunciar a un conflicto de fondo muy concreto: el precio de la independencia cuando el mundo aún no está construido para concedértela.