Un abogado criminalista repasa, desde la distancia de los años, el caso que le marcó la carrera: la confesión de un humilde guardacoches acusado de arrojar a un hombre al río en la Granada de 1969, y la desaparición de una joven que nadie…
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Un abogado criminalista repasa, desde la distancia de los años, el caso que le marcó la carrera: la confesión de un humilde guardacoches acusado de arrojar a un hombre al río en la Granada de 1969, y la desaparición de una joven que nadie logró explicar. Una novela negra construida sobre el silencio, esa forma de cobardía que siempre acaba beneficiando a alguien.
Hay casos que un abogado cierra y casos que lo cierran a él. Celso, penalista de prestigio y titular de un bufete acostumbrado a clientes solventes, aceptó una sola vez en toda su carrera defender a alguien convencido de su culpabilidad. Esta novela es el relato de aquella excepción y de las tres décadas que tardó en atreverse a mirarla de frente.
El relato avanza en tres tiempos que se buscan entre sí. En 1999, en su despacho, el narrador aplaza un viaje a Nueva Orleans porque al día siguiente alguien vendrá a preguntarle por un asunto de hace más de treinta años; sabe que tendrá que elegir entre seguir callando o desmontar el silencio que su cliente impuso desde la tumba. En 1989, una tarde de tormenta y whisky, se decide por fin a leer una carta que guardaba desde hacía cuatro años y que contiene una verdad que preferiría no conocer. Y en 1969 —el año del Apolo XI y de los crímenes de Cielo Drive, dos noticias que el narrador contrapone con la ironía del oficio— empieza todo, cuando una mujer sin cita se sienta en la sala de espera con su mejor ropa de domingo.
Se llama María Casas y viene a pedir lo imposible. Su hijo, Andrés Pineda, guardacoches del Ayuntamiento en Plaza Nueva, cojo desde niño, hombre de radio, misa de nueve y novelas de quiosco, ha confesado haber empujado a un desconocido cuyo cadáver apareció en el cauce del río Dauro, a los pies del bosque de la Alhambra. La madre no niega los hechos: niega la explicación. Sabe que su hijo lleva meses saliendo de noche perfumado y peinado, que la caja de latón de sus ahorros está vacía, que hubo días de encierro y mutismo en su cuarto. Sabe, sobre todo, que Andrés no ha contado toda la verdad. Y sabe que la ciudad ya ha empezado a atarle otro nombre al suyo: el de Rocío Vázquez, la joven del Rey Chico que una noche se despidió como siempre y no volvió a aparecer.
Alrededor del caso se despliega un despacho vivo y reconocible —Marisol, la secretaria que organiza la vida de su jefe y decide por él las cuestiones de conciencia; Delia Calle, abogada brillante y desafiante que discute cada calificación jurídica como quien discute un dogma; Pablo Vándor, joven y entusiasta— y una España de finales de los sesenta que la novela reconstruye sin nostalgia: las Olivetti y el papel de calco, los programas de radio, la moto roja del narrador, los juzgados donde todo el mundo se conoce y donde un guardacoches de la escalinata de Santa Ana llegó a ser propuesto para una medalla al mérito de la ciudad.
Pero el verdadero antagonista no es un asesino ni un fiscal experimentado. Es el silencio: el del acusado que confiesa un hecho para no confesar otro, el de una madre que defiende a su hijo afirmando más de lo que puede saber, el de un abogado que durante años eligió no hablar porque la verdad, pensó, solo habría producido un odio sin destinatario. La novela sostiene una tesis incómoda y la pone a prueba página a página: callar nunca es neutral, siempre favorece a alguien, y por eso resulta el mejor cómplice. Con esa idea como columna vertebral, el libro combina la precisión del procedimiento penal con la lentitud deliberada de una confesión, y avanza hacia el momento en que alguien tendrá, por fin, que decidir si el olvido al que fueron condenadas las víctimas verdaderas merece durar un día más.