A las diez de la mañana del 21 de junio, Cassandra termina de corregir exámenes, entrega las notas y decide adelantar un día el viaje de Berkeley a la finca familiar.
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A las diez de la mañana del 21 de junio, Cassandra termina de corregir exámenes, entrega las notas y decide adelantar un día el viaje de Berkeley a la finca familiar. Su hermana gemela, Judith, se casa con un estudiante de Medicina al que ella no conoce, y le corresponde el único papel disponible: acompañante de la novia. Lo que debería ser un trayecto de cinco horas se vuelve un inventario de todo lo que dos hermanas construyeron juntas y de lo que una boda amenaza con repartir. Narrada con una ironía que sirve tanto para ver claro como para no mirar de frente, es la crónica de un regreso a casa que su propia narradora no sabe si desea.
Todo empieza con una eficiencia sospechosa. Cassandra había prometido llegar el 22 de junio y, sin embargo, a media mañana del 21 ya tiene el semestre liquidado, la tesis guardada en un cajón, el teclado del piano cubierto y la nevera vacía contemplada dos veces. Enfila la carretera hacia la finca familiar con un vestido blanco caro en el maletero, una caja de cerezas bañadas en chocolate derritiéndose al sol y una limonada con vodka a mitad de camino, por consideración al olfato de su abuela. La boda de su hermana gemela la espera al pie de las montañas, y ella va a ser la única acompañante de la novia: sostener el ramo, cerrar las cremalleras, morderse la lengua en el momento de hablar ahora o callar para siempre.
El viaje es el verdadero escenario del relato. Cada tramo de esa carretera —los bares donde antes se detenían, la cabina telefónica de emergencias junto a la línea de alta tensión, los campos de alfalfa y los viñedos jóvenes— devuelve a Cassandra una escena de la vida en común: la infancia sentada a los pies de un padre filósofo que se jubiló pronto para pensar, beber y no volver a ponerse corbata; una madre escritora, célebre y esquiva, muerta hace casi tres años; los años en un pueblo donde nadie llegó a ser amigo suyo porque no les hacía falta nadie. Y, en el centro, una tarde exacta: el anuncio clasificado con una falta de ortografía, el piano izado con poleas hasta la terraza, las primeras fugas de Bach y la frase que lo selló todo, «tendríamos que vivir así». Un pacto de dos, con un instrumento como testigo y como promesa.
La narradora es el hallazgo del libro. Cassandra observa su propia cara en el espejo azul de un bar y tarda en reconocerla como suya, porque primero es la de Judith; corrige a un desconocido diciendo que no son gemelas, sino primas; brinda por Narciso. Confiesa con una franqueza desarmante que los hombres le dan miedo y que las mujeres la fascinan solo mientras siguen siendo desconocidas, y que su vocación literaria vive secuestrada por el apellido de su madre. Cuenta que no es persona de reacciones bruscas, que tiende a la cavilación y a la inquietud, y el lector empieza a sospechar lo contrario mucho antes que ella. Su humor —seco, culto, veloz— funciona a la vez como inteligencia y como coartada.
A medida que se acortan los kilómetros, el tono se tensa. Un improperio se le escapa contra John Thomas Finch y su futura esposa; la frenada, la marcha atrás hasta la cabina verde y brillante, el motor apagado en un terreno arado. En el 21 de junio más caluroso desde 1912, el día más largo del año, alguien se ha detenido justo al lado de un teléfono que existe para casos de apuro. Este es un relato sobre gemelas, sí, pero sobre todo sobre lo que cuesta soltar una identidad compartida: el momento en que dos personas que se creían una sola tienen que averiguar cuál de las dos estaba dispuesta a seguir siéndolo. La ceremonia aún no ha empezado y el conflicto ya está entero dentro del coche.
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