Norte de Italia, 1556. Dos novicias sin vocación encuentran en la compañía de la otra el único alivio a una vida de trabajo, rezo y aspereza. Cuando su secreto llega a oídos de la madre superiora, esta no las corrige: las vigila, las…
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Norte de Italia, 1556. Dos novicias sin vocación encuentran en la compañía de la otra el único alivio a una vida de trabajo, rezo y aspereza. Cuando su secreto llega a oídos de la madre superiora, esta no las corrige: las vigila, las exhibe ante su hermano el obispo y transforma la falta en un proceso por brujería. Relato erótico histórico para lectores adultos, explícito y áspero, más interesado en la hipocresía del poder eclesiástico que en la culpa de las acusadas.
En un convento del norte de Italia, hacia mediados del siglo XVI, la vida transcurre entre el trabajo, el rezo y una disciplina que no admite ternura. Valeria y Claudia llevan pocos meses tras los muros y aún no han encontrado la vocación que se les presupone: solo el frío de las celdas, la dureza de las hermanas mayores y la certeza de que mañana será idéntico a hoy. De ese desamparo nace todo lo demás. Una noche Claudia no soporta llorar sola y raspa con las uñas la puerta de su compañera; a partir de ahí el consuelo se vuelve costumbre, y la costumbre, deseo. Por primera vez el convento les resulta habitable, porque cada jornada desemboca en la noche.
Lo que para ellas es refugio, para la comunidad es una falta que hay que documentar. La hermana encargada de velar en secreto por la moral de las novicias reúne indicios y los lleva a la madre superiora convencida de que bastará con separarlas. Sor Ángela, sin embargo, tiene otro plan: las traslada a dos celdas sobre las que se abre un cuarto oculto, accesible solo desde su cámara, y durante semanas convierte la intimidad de las jóvenes en un espectáculo privado. Cuando le parece que ha visto suficiente, escribe a su hermano —un obispo de apetitos idénticos a los suyos, con más afición a las barraganas que al báculo— y lo invita a mirar.
Desde esa invitación el relato abandona el registro íntimo y adopta el del procedimiento. Una redada nocturna, un tribunal improvisado en la sala capitular, un testimonio militar que se deja moldear hasta que dos muchachas solas en una celda se convierten en cómplices de una entidad infernal. La acusación de sodomía muta en acusación de brujería porque así conviene a quienes juzgan: el traslado al palacio episcopal, el examen del físico ante los miembros del tribunal y la antesala de las mazmorras completan una maquinaria que tiene forma de derecho y fondo de abuso. Cada gesto de piedad —la sopa, el permiso de la abadesa, la promesa de clemencia— funciona como coartada del siguiente atropello.
El interés de la obra está menos en el escándalo que en la mecánica que lo administra. El texto insiste en un mismo mecanismo: quienes se escandalizan son quienes disfrutan, y la doctrina se invoca para dar cobertura a lo que ya se había decidido antes de la primera pregunta. La erudición médica de la época, los manuales inquisitoriales y el vocabulario teológico aparecen convertidos en instrumentos de un deseo que no se reconoce a sí mismo. La escritura es directa y sin eufemismos, tanto en las escenas sexuales como en la humillación y la coacción institucional; el placer de los jueces y el terror de las acusadas se narran con la misma crudeza, y esa simetría sostiene la denuncia implícita.
El material disponible corresponde a los dos primeros capítulos y se interrumpe con el interrogatorio en marcha, cuando Valeria aún niega los cargos y el obispo agota su paciencia fingida. Obra destinada exclusivamente a lectores adultos: incluye sexo explícito, desnudez forzada, coacción, violencia física y tortura descrita en un marco inquisitorial.