Un estudio sociológico sobre cuatro comunidades católicas argentinas que, nacidas al margen de las parroquias entre las décadas de 1970 y 1990, muestran cómo el lazo social se rehace en el pasaje del siglo XX al XXI.
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Un estudio sociológico sobre cuatro comunidades católicas argentinas que, nacidas al margen de las parroquias entre las décadas de 1970 y 1990, muestran cómo el lazo social se rehace en el pasaje del siglo XX al XXI.
¿Qué significa ser católico cuando la pertenencia a un grupo pesa más que el vínculo con la institución? Con esa pregunta como brújula, esta obra de Verónica Giménez Béliveau se aparta del estudio de la Iglesia como estructura para observar algo más esquivo: las personas reunidas en comunidad, los modos en que se atraen, se forman, se reconocen y a veces se alejan.
El recorrido nace de una investigación de largo aliento —trabajo de campo intensivo entre 1996 y 2001, con contactos posteriores— presentada como tesis en la Universidad de Buenos Aires y en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París. De veintitrés grupos relevados, la autora seleccionó cuatro según criterios explícitos: surgidos después de 1970, con raíz o arraigo argentino, y situados fuera del control directo de las jerarquías episcopales. Así llegan al centro de la escena la Renovación Carismática Católica, los Seminarios de Formación Teológica, el Instituto del Verbo Encarnado y la Fraternidad de Agrupaciones Santo Tomás de Aquino.
La arquitectura del libro sigue el camino de quien entra a un grupo. Primero, la cocina metodológica y el relato de campo, donde la investigadora expone su propia posición y su vínculo con las comunidades: entrevistas activas, observación participante, lectura de los textos que los grupos producen sobre sí mismos. Luego, tres movimientos sucesivos: el sujeto y su itinerario formativo, con las trayectorias individuales y los valores que cada comunidad busca transmitir; la comunidad y sus marcas de pertenencia, sus espacios de sociabilidad y sus formas de ejercer la autoridad; y finalmente la identidad, con la elaboración de una memoria autorizada —poblada de mártires, héroes y traidores— y su proyección utópica hacia el futuro.
De esa comparación emergen tres lógicas comunitarias: comunidades cerradas organizadas alrededor de la centralidad de un líder, comunidades abiertas de límites difusos, y comunidades inscriptas en la opción por los pobres. Ninguna es simplemente conservadora ni simplemente innovadora: cada una construye sus certezas, sus fronteras entre el adentro y el afuera, sus regulaciones y sus democracias internas.
Los dos prefacios que abren el volumen amplían el alcance. Danièle Hervieu-Léger lee estas dinámicas como síntoma de una desregulación religiosa inseparable de la política y de la económica, que alcanza tanto a las estructuras del Estado como a las eclesiales, y que ilumina procesos vigentes mucho más allá de la Argentina. Fortunato Mallimaci subraya el gesto teórico central: recuperar el concepto de comunidad, largamente desprestigiado, para mostrar que allí donde muchos veían anomia y disolución del lazo social había, en verdad, uno de los espacios privilegiados de reconstitución de lo social.
El resultado es a la vez un mapa del catolicismo argentino contemporáneo y una reflexión más ancha sobre cómo se sostienen —y cómo se quiebran— las pertenencias colectivas en sociedades donde las viejas identidades ya no alcanzan para encantar.
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