Cuando Felisa hereda la finca de su tía Eduarda, hereda también una última orden escrita a mano: véndelo todo y márchate. Así acaba una malagueña regentando un bar llamado El Cenachero frente al Mar del Norte, en un pueblo escocés donde…
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Cuando Felisa hereda la finca de su tía Eduarda, hereda también una última orden escrita a mano: véndelo todo y márchate. Así acaba una malagueña regentando un bar llamado El Cenachero frente al Mar del Norte, en un pueblo escocés donde los cachorros aparecen en el camino justo cuando alguien necesita a quien cuidar. Pero el pasado que dejó en Málaga guarda una mentira de veinticinco años que ninguna distancia alcanza a borrar.
Felisa seca jarras de cerveza en un bar que huele a primavera y a mar equivocado. Son las once de la mañana en Catterline, un pueblo de la costa escocesa, y las gaviotas suenan como bebés que lloran; ese ruido basta para que su cabeza viaje hacia el sur, hasta la calle Larios, el Mercado de Atarazanas y los cafés con churros que su abuela le compraba a escondidas. El bar se llama El Cenachero, y no por nostalgia: es el nombre que su tía Eduarda dejó escrito, medio en broma, en la carta que le entregó el notario.
La novela reconstruye ese camino hacia atrás. A los catorce años, Felisa vio cómo a su madre le diagnosticaban alzhéimer precoz y cómo su padre decidía internarla; a los quince le dijeron que había muerto, la incineraron mientras ella estudiaba en Inglaterra y nadie le dejó un lugar donde llorarla. A los diecisiete, un marine americano de paso por el puerto le dejó tres días felices y un embarazo, y su padre la llevó sin una sola reprimenda a la finca de Álora, donde la tía Eduarda la recibió con los brazos abiertos y una frase que le sirvió de brújula: mañana volverá a salir el sol. Allí creció Candela, allí Felisa dio clases de inglés a los niños de los pueblos vecinos, y allí aprendió, en dos golpes seguidos —la moto de Pedrito, la muerte serena y anunciada de su tía—, que lo bueno se disfruta porque se puede perder.
La herencia lo cambia todo, pero lo que de verdad la empuja al norte es un encuentro casual en una terraza de Málaga: una vieja amiga de su madre le da un pésame que no cuadra con las fechas. Lo que Felisa creía sepultado hace un cuarto de siglo ocurrió el año pasado. Con esa grieta abierta y la carta de su tía guardada en el sujetador —costumbre familiar—, compra un billete a Aberdeen en menos de media hora y se va.
El Cenachero acaba siendo menos un negocio que una familia improvisada. J.J., escocés cariñoso y devoto de sus compras de segunda mano, aparece un día con un cachorro al que llama Obama. Pete, el veterinario paciente que Felisa se ha propuesto emparejar con alguien, sostiene el pequeño misterio local: cada cierto tiempo, un perro se le aparece en el camino a quien más falta le hace cuidar de algo. A Felisa le tocó Pepa, una bulldog bautizada Pepa Kensington porque en Escocia nadie es nadie sin apellido. Y Andrea, la camarera, llegó una tarde de lluvia empapada y equivocada de puerta, arrastrando una biografía sentimental catastrófica que terminó de la forma más improbable: un dardo lanzado a ciegas contra un mapamundi, en una casa que la policía acababa de precintar.
Contada con humor seco, diálogo vivo y un oído fino para el habla andaluza, la novela avanza entre dos costas y dos duelos, y sostiene una idea sencilla sin subrayarla: hay azar, hay destino, y a veces la única forma de averiguar cuál te tocó es hacer la maleta. Las mentiras, como sabía Felisa cuando decidió contarle a su hija toda la verdad sobre su padre, se tapan con más mentiras y al final no traen nada bueno.