En la costa oeste de Irlanda, en el invierno de 1860, Sidonie Beauchene enviuda a los veinte años tras apenas cinco meses de matrimonio. Heredera del usufructo de un castillo azotado por el viento y de un apellido que casi no conoce,…
Descargar
En la costa oeste de Irlanda, en el invierno de 1860, Sidonie Beauchene enviuda a los veinte años tras apenas cinco meses de matrimonio. Heredera del usufructo de un castillo azotado por el viento y de un apellido que casi no conoce, descubre que el hombre al que cuidó hasta su muerte le ocultó una enfermedad, un pasado y un hijo. Cuando Corrigan de Clare regresa a Clifden después de doce años de ausencia, la joven viuda debe aprender a convivir con un heredero que no reconoce su lugar en la casa y que trae consigo la respuesta a todo lo que su esposo calló. Una novela romántica de atmósfera gótica sobre secretos familiares, deudas antiguas y una atracción que ninguno de los dos buscaba.
Hay casas que guardan mejor los secretos que las personas. El castillo de Clifden, levantado sobre un acantilado batido por vientos que llegan de los cuatro puntos cardinales, lleva siglos haciéndolo: en sus corredores interminables cuelgan los retratos malencarados de los De Clare, y a una milla de sus muros, fuera del cementerio familiar y en tierra no consagrada, dos tumbas comparten intemperie.
Ante la más reciente reza cada mañana Sidonie Beauchene, viuda a los veinte años. Hija segunda de un barón arruinado por el juego, aceptó casarse con Dugan de Clare tras un noviazgo de tres semanas en Brighton, convencida de que aliviaría la situación de su familia y de que el afecto llegaría con los años. No hubo años. El deterioro de su esposo comenzó al llegar a Irlanda, y ella pasó su matrimonio entero a la cabecera de una cama, ejerciendo de enfermera de un hombre que le habló de todo menos de sí mismo: ni de la enfermedad que lo consumía, ni de la primera esposa apartada del camposanto, ni del hijo que huyó de su lado siendo un muchacho.
Una nota lacrada, sin remitente y dirigida a un muerto, rompe la quietud de ese duelo: «Llegaré el 23 de febrero». La firma Corrigan de Clare. Esa misma noche una tormenta descomunal se ceba con el castillo, un rayo calcina el serbal que crece frente al balcón de Sidonie —el árbol que, según la creencia, protege de las fuerzas malignas— y, al resplandor de las llamas, ella cree distinguir la silueta de un hombre inmóvil bajo la lluvia, mirándola.
Cuando el heredero aparece al día siguiente a lomos de un caballo negro, su caballo pisotea las flores que ella había dejado sobre la tumba de su padre y sus primeras palabras son una negación: la señora de Clifden es Jane Slade, y él no reconoce a ninguna otra. Sidonie descubre entonces que compartirá techo con un desconocido que la trata con ironía cortante, que sospecha de sus motivos para haberse casado con un moribundo y que ha vuelto de América con un propósito propio, ajeno por completo al consuelo del luto.
Entre la ama de llaves Nola O’Donnell, que crio a Corrigan y es la única capaz de doblegarlo, un vecino demasiado solícito y un pueblo que recuerda leyendas de contrabandistas, naufragios provocados y crímenes cometidos frente a las ventanas del castillo, Sidonie irá reuniendo las piezas de una historia que explica por qué un hijo se marchó sin despedirse y por qué un padre quiso descansar fuera de la iglesia. Cautiva de una promesa es un romance histórico de tensión contenida, ambientado con precisión en la Irlanda rural del siglo XIX, donde el paisaje —la lluvia helada, el páramo yermo, el mar que no admite barcos— funciona como espejo de dos personas obligadas a decidir cuánto del pasado están dispuestas a heredar.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.