Un narrador anónimo del barrio reconstruye la historia de los hermanos Iván y Álex Carcosa a partir de rumores, chismes y confidencias de tercera mano.
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Un narrador anónimo del barrio reconstruye la historia de los hermanos Iván y Álex Carcosa a partir de rumores, chismes y confidencias de tercera mano. Arranca con el suicidio del padre —un hombre insignificante, obsesionado con los puzles— y de ahí se abre en abanico hacia una crónica vecinal, cómica y desencantada, sobre la herencia familiar, la impostura y el trabajo como religión.
En un barrio marítimo de Barcelona que aún presume de obrero cuando ya solo le quedan chimeneas restauradas y fábricas convertidas en bibliotecas, un narrador que se niega a decir quién es toma la palabra para contar una historia que, según él mismo advierte, es curiosa y poco más: no busca lección ni catarsis, solo le apetece contarla. Reconoce de entrada que casi todo lo que sabe le llegó de segunda o de tercera mano, que pondrá palabras propias en boca ajena y que quizá se invente algún detalle. Esa honestidad tramposa es el motor del libro.
Empieza donde no debería: por Teodoro Carcosa, un padre de familia tan discreto que ni su ahorcamiento consiguió estremecer al vecindario. Empleado puntual de Correos, tacaño doctrinal, incapaz de seguir las preguntas filosóficas de su hijo menor o de gobernar los desmanes del mayor, Teodoro solo se apasionó por una cosa: los puzles que completaba y colgaba enmarcados en las paredes de casa. Su encallamiento ante una reproducción de Van Gogh, la nota de despedida indescifrable y los billetes escondidos en el propio cuerpo componen el retrato de un hombre al que la novela mira sin piedad y sin crueldad, apenas con la curiosidad del que examina una pieza suelta.
A su alrededor se ordenan los demás. María Lans, la viuda, había sido una joven brillante que cambió los estudios de derecho por cuarenta años de casa y colada; cuando los hijos se marchan, atraviesa el alcohol y una depresión larga antes de rehacerse en el yoga, los cursos y la cooperativa de alimentos ecológicos del barrio, donde conoce a Modou, un senegalés tímido y vegetariano cuya llegada al vecindario tiene su propia historia de humillación y huida. La relación desata de inmediato a las malas lenguas, que descubren entonces un interés retrospectivo por el difunto marido.
El centro, sin embargo, son los hermanos. Iván, el mayor, nacido en 1980, es un provocador de talento desperdiciado: pasó su último curso escolar balando como una oveja en clase, discutió de tú a tú con el director sobre el precio de una hora de vida, duró un mes escaso en la charcutería del barrio y se instaló en el banco frente a la iglesia con sus amigos vagabundos, a quienes proclama la verdadera aristocracia del mundo. Desafiado por un contertulio culto y alcoholizado a demostrar que podría hacer fortuna, prueba primero con la pintura, luego con una novela policiaca cuyo asesino olvida durante una borrachera de seis días, y acaba escribiendo un libro de autoayuda firmado con un pseudónimo académico inventado. El éxito relativo del engaño —y su encuentro con una lectora agradecida a la que humilla en un bar— resume su carácter mejor que cualquier definición.
Álex, el menor, es su contrapeso exacto: un niño con alma de filósofo que interrogaba a su padre sobre Rousseau y la transustanciación, y que crece por un camino tan distinto que el propio Iván lo esgrime en sus discusiones como prueba de las contradicciones del mundo. La novela avanza por capítulos breves, con abundancia de diálogo y digresión, alternando la anécdota de barrio con el aforismo, y usando la disputa verbal —entre padre e hijo, entre borrachos, entre hermanos— como forma privilegiada de pensamiento.
“Cavar la propia tumba” es, así, una comedia negra de estirpe familiar y voz oral, atenta al ridículo de las ideologías domésticas: el culto al esfuerzo predicado por quien nunca trabajó, el orgullo de clase convertido en fantasía, la rebeldía que se agota en el gesto. Sami Cuervo escribe desde la ironía y la murmuración vecinal, y deja que el humor haga el trabajo que la moraleja no hará.
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