Daniel tiene diez años y ha aprendido a inventar enfermedades para no ir al colegio. Lo que su madre interpreta como pereza o manía con la comida es en realidad el rastro de lo que ocurre cada día en el recreo y en los baños del centro.
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Daniel tiene diez años y ha aprendido a inventar enfermedades para no ir al colegio. Lo que su madre interpreta como pereza o manía con la comida es en realidad el rastro de lo que ocurre cada día en el recreo y en los baños del centro. Mientras el niño calla, Rafaela sueña con un trabajo que le permita empezar de nuevo y la tía Ana prepara un viaje a las favelas de Brasil. Una novela sobre el acoso escolar contado desde dentro y sobre los adultos que miran hacia otro lado sin querer hacerlo.
Todo empieza con una madrugada en vela y una tablet encendida. Daniel, diez años, no juega: busca enfermedades raras en internet, valorando cuál podría fingir con más credibilidad. Descarta las que se notan por fuera y se queda con una que no deja huella visible y que solo puede diagnosticarse por descarte, porque eso significa pruebas, esperas y, sobre todo, días sin pisar el colegio. Su madre, Rafaela, ve a un niño pálido que se queja de la tripa y que ya no come ni sus platos favoritos; lo que no ve —lo que él se cuida mucho de que vea— es a Toro y a su grupo esperándolo en el patio.
Francisco Javier Pérez Castillo construye la novela alternando dos alturas de mirada. A ras de suelo está Daniel, que ha convertido un retrete con cerrojo en refugio y ha inventado un juego solitario, el desenredavoces, para participar desde lejos del murmullo del recreo al que ya no pertenece. Repasa una y otra vez qué hizo mal, ensaya formas de hablar, imita las respuestas de otros niños, y no encuentra la causa porque no la hay. A la altura de los adultos está una casa donde nadie pregunta lo suficiente: Rafaela, harta de una vida encerrada entre la limpieza y el supermercado, envía currículums a ciegas y calcula el día en que podrá marcharse de un matrimonio consumido por la tacañería obsesiva de Emilio.
Entre ambos mundos aparece Ana, la hermana de Rafaela y tía de Daniel, la única que trata al niño como alguien con talento: le pide dibujos, lo anima a firmarlos y le inventa un nombre artístico, Leinad. También es quien, sin sospechar la ironía, le describe el colegio como los mejores años de su vida justo antes de anunciar que se va a Brasil, a una escuela de artes montada por una ONG en las favelas para ofrecer a otros niños una salida. La distancia entre lo que Ana recuerda y lo que Daniel vive es una de las grietas más elocuentes del libro.
Escrita con frases de una fisicidad muy trabajada —el aire que se vuelve puntiagudo, el silencio posado como un ave carroñera sobre los hombros de un niño—, la novela no maquilla la crueldad infantil ni la convierte en espectáculo: la registra con una frialdad que duele más que el énfasis. Cuando una mancha en unos pantalones llega al cesto de la ropa sucia, el secreto de Daniel empieza a tener grietas. Un relato sobre el acoso escolar, sobre el silencio como estrategia de supervivencia y sobre lo tarde que a veces llegan las preguntas correctas.
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