«Caza de brujas», de Alfonso Trinidad, es un ensayo histórico que reconstruye casi siete siglos de persecución de la brujería en Europa, desde sus raíces conceptuales en la magia antigua hasta el aparato represivo de la Inquisición.
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«Caza de brujas», de Alfonso Trinidad, es un ensayo histórico que reconstruye casi siete siglos de persecución de la brujería en Europa, desde sus raíces conceptuales en la magia antigua hasta el aparato represivo de la Inquisición. El libro combina rigor documental con una reflexión más amplia sobre el poder, la superstición y el papel asignado a la mujer como principal víctima de esa cacería.
Con un prólogo de Fernando Gómez que parte de dos óleos de Goya —«El aquelarre» y la escena inspirada en «El hechizado por la fuerza»— como puerta de entrada visual al tema, «Caza de brujas» propone un recorrido que va mucho más allá de la simple crónica de hogueras y procesos. Alfonso Trinidad sitúa el fenómeno en su origen remoto, rastreando cómo la humanidad fue dando forma a la idea de magia desde el Paleolítico, pasando por el chamanismo, los primeros panteones divinos y las civilizaciones que codificaron por escrito el castigo al hechicero, como el Código de Hammurabi o los preceptos del Egipto faraónico. A partir de ahí, el autor diferencia con precisión términos que la tradición popular tiende a confundir —magia, esoterismo, ocultismo, brujería, hechicería— apoyándose en autores como Eliphas Lévi, Papus, Julio Caro Baroja o Carmelo Lisón, y explora la etimología de la palabra «bruja» en sus múltiples variantes peninsulares y europeas. El libro traza después cómo el cristianismo, tras imponerse como religión oficial del Imperio romano, fue endureciendo progresivamente su postura frente a lo mágico hasta convertirlo en herejía perseguible, sentando las bases doctrinales que siglos más tarde legitimarían a la Inquisición y a figuras siniestras como los «cazadores de brujas» o los «punzadores», que convirtieron la denuncia y el suplicio en un negocio. Pero el verdadero eje del libro, planteado ya en la introducción, no es la brujería en sí, sino la maquinaria de poder que se sirvió de ella: la manipulación del bien y del mal como categorías relativas, moldeadas según la conveniencia de quienes ostentaban la autoridad religiosa y civil, y la sistemática señalización de la mujer —el 85% de las acusadas, según el propio «Malleus maleficarum»— como el eslabón débil sobre el que proyectar el miedo colectivo. Trinidad sugiere, sin cerrarla del todo, la hipótesis de que tras la caza de brujas latió también la persecución de una mujer que empezaba a pensar, curar y decidir por sí misma. El resultado es un ensayo documentado y de lectura fluida que invita a mirar la Inquisición no como una anomalía del pasado, sino como un espejo de mecanismos de poder que, bajo otras formas, siguen vigentes.