Pablo despierta de un sueño con Cristina y descubre que solo ha sido eso: un sueño. Días después, siete estudiantes de la Politécnica de Madrid cargan la furgoneta del padre de Carlos y se pierden en un claro del bosque donde no llegan ni…
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Pablo despierta de un sueño con Cristina y descubre que solo ha sido eso: un sueño. Días después, siete estudiantes de la Politécnica de Madrid cargan la furgoneta del padre de Carlos y se pierden en un claro del bosque donde no llegan ni los mapas, junto a las ruinas de un molino de seiscientos años. Entre cervezas, hoguera y un par de dados que reparten caricias al azar, los deseos que el grupo llevaba dos años disimulando empiezan a tener nombre y turno. "Caza Voluptuosa – Cada uno toma su presa", de Fernando Rafael Martinez, es una novela erótica sobre lo que ocurre cuando la amistad se queda a solas con el apetito.
Todo empieza con un despertar en falso. En la penumbra de una habitación de piso compartido, Pablo cree tener por fin lo que lleva dos años deseando en silencio: a Cristina, su compañera de carrera, pelirroja, reservada, imposible. El despertador desmonta la escena en un segundo y lo devuelve a la realidad de una clase de matemáticas a la que llega por los pelos y en la que no entiende nada. Ese contraste marca el tono del libro: el deseo vive primero en la cabeza, y solo después encuentra la ocasión de bajar al cuerpo.
La ocasión tiene forma de excursión. Carlos lleva semanas negociando con su padre la furgoneta de la empresa; Tina, incapaz de dejar una conversación sin husmear, se encarga de que nadie se descuelgue; Luis, culturista y siempre con una cerveza en la mano, aporta el entusiasmo y una mochila con planes propios; Félix, eterno estudiante de veintiséis años, arrastra el rencor de quien tuvo que esperar dos años para entrar en la universidad; Natalia, hija de un padre con dinero y abogados, acepta a regañadientes bajar de su pedestal un fin de semana. Con Pablo y Cristina, son siete. El grupo se formó a base de tutorías interminables y acabó convertido en pandilla, con sus lealtades, sus pullas de clase social y sus cuentas pendientes.
El destino es lo que Carlos llama, medio en broma, “el fin del mundo”: una pista de tierra que se hunde en el bosque, un claro con un arroyo y las ruinas de un viejo molino de piedra que casi nadie sabe que existen. Ni figura en los mapas ni pasan guardas forestales. El aislamiento, que en la conversación funciona como chiste, se instala enseguida como una promesa doble: nadie va a molestarlos, pero tampoco hay nadie cerca. Montan las tiendas en círculo, encienden la barbacoa, dejan las bebidas a refrescar en el agua y esperan a que caiga la noche.
Es entonces cuando Luis saca el juego. Unos dados donde una cara elige el gesto y la otra el lugar del cuerpo, una botella para señalar destinatario, diez segundos mínimos por prueba y una multa de veinte euros para quien se raje, repartida al final entre los que aguantaron. Las reglas son tontas y todos lo saben; también saben que aceptarlas es aceptar otra cosa. Cristina duda y dice que sí para no volver a ser la aguafiestas. Pablo se apunta antes de que terminen de explicárselo. Natalia protesta y termina siendo, por ironía del sorteo, la primera en tirar. Luis guarda todavía un segundo juego de dados, el que promete enseñar “cuando llevemos unas rondas”.
A partir de ahí, la novela avanza por el camino que ese primer turno abre: la timidez que se disfraza de juego, la rivalidad que se disfraza de broma, la atracción que llevaba meses buscando una excusa. Escrita con un registro directo y sin eufemismos en las escenas sexuales, la obra alterna la comedia de la convivencia estudiantil con un erotismo que sube de temperatura ronda a ronda, y presta especial atención al deseo por cuerpos que el propio grupo ha juzgado antes con crueldad. Publicada en 2014 por Black Tiger Books, es ficción para lectores adultos: todos los personajes son mayores de edad, no guardan parentesco entre sí y cuanto ocurre entre ellos es libre y consentido.