En un mundo donde dormir es un juicio nocturno —el reino de los sueños para quien se ha portado bien, el de las pesadillas para quien no—, Michael Kenneth nace de un amor prohibido entre una humana y un demonio y crece condenado a un…
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En un mundo donde dormir es un juicio nocturno —el reino de los sueños para quien se ha portado bien, el de las pesadillas para quien no—, Michael Kenneth nace de un amor prohibido entre una humana y un demonio y crece condenado a un castigo sin tregua. Acostumbrado al horror desde la cuna, descubre que las heridas de sus pesadillas viajan con él al despertar, y con ellas un poder capaz de desafiar al Rey Demonio. Entre exámenes, amigos y una cena pendiente con la chica que le gusta, Mike asume el nombre que empieza a correr como leyenda: el cazador de pesadillas.
El Pacto de la Armonía convirtió el sueño en tribunal. Ángeles, demonios y humanos acordaron que cada noche, al cerrar los ojos, cada persona atravesara el reino de los sueños o el de las pesadillas según su conducta del día; el primero devuelve al amanecer, el segundo devuelve un cadáver. No dormir tampoco es escapatoria: el cuerpo se rinde o los demonios acuden en vida a cobrar la deuda. Es un sistema perfecto en su crueldad, y funciona porque casi nadie sobrevive para cuestionarlo.
Hace veinticuatro años, una mujer llamada Jessie Kenneth robó comida para su madre enferma y se negó a dormir. El demonio enviado a recoger su alma la encontró esperándolo, decidido a entregarse y a decirle en voz alta que aquella ley era injusta. Él no pudo matarla. Falsificó su muerte, volvió noche tras noche, empezó a perdonar a otros condenados y terminó pagando su desobediencia ante el Rey Demonio. De esa historia de amor sentenciada nació Michael: mitad humano, mitad demonio, un niño al que no se podía ejecutar pero sí atormentar sin descanso. Creció entre torturas nocturnas hasta que el miedo se le gastó de tanto usarlo.
El relato encuentra a Mike ya adulto, repartido entre dos existencias que empiezan a filtrarse la una en la otra. De día es un estudiante de Historia poco hablador que aprueba sin esfuerzo, saca a pasear al perro, cocina para sus amigos y esconde bajo unas muñequeras deportivas unas cicatrices con forma de cadena. De noche es el prisionero de una cárcel demoníaca que descubre, en un estallido de violencia, que las armas de su enemigo lo han elegido a él. Cuando despierta con esas cicatrices marcadas en la piel —y con las espadas todavía en la cama—, la frontera entre castigo y realidad deja de existir.
A partir de ahí, la persecución se traslada al mundo despierto. Las patrullas de licántropos peinan la ciudad a plena luz buscando a un traidor de su propia especie; el Rey Demonio se cuela en su cabeza a través de un Espectro no para matarlo, sino para negociar y sembrar dudas con una pregunta que Mike no logra soltar: si portarse bien también se paga, ¿cuánto vale realmente ser buena persona? La amenaza deja de ser abstracta cuando el enemigo menciona a Eli, la amiga de siempre con la que acaba de dar el paso que ambos llevaban años rodeando.
Jesús Julián Martín construye una fantasía oscura de tono juvenil y ritmo directo, que alterna la brutalidad de los combates con escenas domésticas de complicidad, humor gamberro y ternura: una cena que casi se quema, una película vista por enésima vez, una caja de recuerdos abierta junto a la madre en la vieja habitación de la infancia. Esa mezcla es el corazón del libro. Lo que Mike defiende cuando se enfrenta a los demonios no es una causa: son las personas concretas que lo esperan al otro lado de la noche. Y la guerra que él mismo declaró apenas empieza.
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